temario13

Un tema diferente cada semana, por Anna, Rose, los electroduendes y anónimo que es el que escribió el Lazarillo de Tormes.

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EL COMIENZO

Vuelve Temario13, esta vez con la colaboración de Adela Corominas y Marisa Pareces, que como deduciréis -sobre todo en el relato de Adela- hablan sobre El Comienzo. Podéis empezar a leer.

 

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Escarlata O’Hara

Era la cantinela de mi madre a los 16 años. Lo tienes todo muy fácil. Todo era tan fácil que no tenía nada, nada por lo que luchar, nada que demostrar. Todas las decisiones estaban tomadas de antemano. Mi vida de adolescente era una habitación amueblada y confortable: iría a la universidad, sacaría el carnet de conducir. Yo era el aire en una habitación vacía.

“Sois la generación de la opulencia” Nos acusaba aquella profesora de historia que vendía libros marxistas los domingos, como si fuese culpa mía que mis padres se acabasen de mudar de un piso a un adosado.

Yo vivía en una gran ciudad en la que cada año había edificios nuevos, tiendas nuevas, centros comerciales nuevos y ropa nueva de marcas nuevas. Descubría Europa, iba a la playa, tenía amigos del primer mundo y amantes del primer mundo. Algunos de ellos me decían ‘tu problema es que no sabes lo que quieres’, otros no sabían lo que querían y la mayoria no me querían.

Siempre se me dio mejor gastar dinero que ganarlo, cosa que hacía gracias a un trabajo cualificado en el sector servicios. Un trabajo del que me quejaba, porque yo merecía algo mejor, hasta que un buen día todo el mundo se quedó sin trabajo y ya conocen ustedes la historia.

Al poco tiempo de estar por primera vez en el paro vi una película de Jennifer Anniston en la que a una chica de buena familia le echan del trabajo y su novio formal la abandona por su mejor amiga. Su mundo de pija americana se viene abajo, pero al final de la peli se lía con un tipo raro, su vecino en un humilde apartamento de Brooklin, que es muy neurótico, pero gracioso y encantador. A mi no me pasó eso, empecé a ser demasiado vieja para películas que nunca empezaron. Tengo 36 años y he vuelto a casa de mi madre.

Con motivo de mi regreso al hogar familiar mi prima, que hace una revista online de crítica cultural, escribió un texto sobre mi contándole mi vida a todo Dios. ‘Treintañera a la deriva’: esa soy yo, el testimonio de un drama nacional, generacional, social. El artículo hablaba de jóvenes que dejan de serlo esperando su oportunidad, con carrera, másters, la cartilla a cero y ninguna oportunidad laboral. Una generación engañada empujada a la precariedad permanente, decía mi prima citando a un sociólogo. La gente comparte mi vida por el Facebook y os aseguro que no es agradable. Los amigos de mis amigos, menudos gilipollas, opinan sobre mi, me critican, me defienden, que critiquen a mi prima.

Mi madre y yo hemos acabado de comer arroz con pollo, quito la mesa. Mi madre se sienta frente al televisor en su sillón abatible que tan caro le costó, y critica al partido que ha votado toda su vida. Se hace mayor y tiene cosas de Chus Lampreave. Con un golpe de nuca, inclina su respaldo 45 grados. Minutos después está dormida y resopla.

En la habitación deshago mi maleta, pero no del todo, solo lo necesario, dejo muchas cajas cerradas. Mis libros, mi vida, mis viejos CDs de hace 15 años, se quedarán guardados esperando un lugar propio.  Me tumbo en la cama de mi infancia, en la que lo hice con mi primer novio. Lo único que ha cambiado es mi cuerpo y quiero creer que tampoco demasiado, tengo más talla de pantalón pero también de sujetador. No tengo muchas arrugas ni aspecto de madre que hace bocadillos de foie gras.

Sigo siendo yo, en esa habitación, sigo sin tener nada, y esa nada se hace inmensa, absoluta, y me llena del todo de un gran vacío. Mi nada gaseosa de historias sin contar, yo soy un monje.

Me aburro tumbada en ese agujero, planeo bajar a la calle a caminar por el barrio que vuelve a ser mi barrio. Veré un poco después a mis amigos. Cierro los ojos y, sumergida, salgo de la habitación, avanzo por el pasillo a oscuras, paso las puertas tras las que ya no duermen mis hermanos.  Atravieso el salón, bajo al portal y camino por Barcelona. Subo calle arriba, por las calles iguales en esta tarde de un día laborable, una tarde en la que empieza a hacer calor o frio. Me cruzo con unos jóvenes Erasmus que hablan, ellos tampoco son nadie. Nadie es nadie en Barcelona. Al verles, sin motivo me sobrecojo, me encojo. Tinc ganes de plorar.

Travessera de Gràcia. Subo por las calles que descendí hace muchos años, estoy de nuevo en la plaza del Diamante, donde le conocí, me llama Colometa. Una gorda africana vestida con una larga túnica de colores canta en un idioma que no entiendo.Entonces dice en francés, ‘al final del camino, las cosas van a cambiar’ y entra en un éxtasis tribal gritando ‘El hombre no conoce su destino! Nadie puede nada!’.

Permanezco un rato sentada, la gente entra y sale de alli, circula, vive en una ciudad de verdad. Todo es real. Me siento profundamente parte de todo, yo misma soy la circulación de gente, yo misma soy, carne, ligamentos, dentro de mis venas, en mi hígado, en los vasos sanguíneos.

Abro los ojos. Tras la ventana se hace de noche, tengo un sabor en la boca a chicle de menta. Se arremolina una multitud de historias que escribir, pequeños trabajitos, obligaciones, ratoncitos, piedrecitas, mucho por hacer. Estoy de repente ocupada. Siento una canción sin música aun en la parte de atrás de mi cerebro, una melodía sin notas.

Mis amigos me están esperando, mis amigos de todo corazón. Mis amigos me están esperando, mis amigos de todo corazón. Nuestra amistad curtida, sobre la que ha llovido, y nevado y helado. Nuestra amistad de siempre. Escrita en piedra.

No. No se me puede llevar el viento.

 

                                                                                                                                                  Adela Corominas

 

 

 

Comienzo a hacerme vieja

Parece ser que no empieza, quizá lo han cancelado y no me he enterado. He venido sola y no sé a quién preguntar. Esto tiene pinta de que tiene que empezar. Pero no empieza. Se acerca la hora del comienzo pero no veo que llegue. Quizá problemas técnicos, o asuntos personales de los artistas.
Esto no empieza y, mientras no empieza, estoy aquí perdiendo el tiempo, esperando a que empiece.
Mi padre va a mirar una cosa concreta, mi perro se hace viejo, mis hermanas se hacen madres y mi madre se va de viaje. ¿Y si nunca empieza? Me haré vieja, en una butaca de segunda, esperando a ver si esto comienza.

 

                                                                                                                                                             Marisa Pareces

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TEMA 7: LA DISTANCIA

A lo lejos

A lo lejos se ve la torre de televisión, lo que significa que está cerca, no todo el mundo puede verla desde su cocina.

La pared que queda a la izquierda, cerca, está iluminada por una luz rojiza, viene del cielo, que es inmenso. El cielo cambia de color, de rojo ha pasado a azul, y antes estaba gris. Un poco como las personas por dentro, que cambiamos de color según el momento, y de opinión, y también cambiamos lo que sentimos.

Está muy cerca de lo que ahora queda muy muy lejos, se agolpan los recuerdos pam, pam, pam casi constantemente. Así es la vida, ya se sabe. Nada sale como uno quiere nunca, a veces sale mejor, pero no como uno quiere.

Hoy tiene un día un poco negro, quizá es porque ayer fue bastante rojo todo. Este verano es de muchos colores: verde, azul, amarillo, le gustaría que hubiese un poquito más de blanco, y de azul marino, el que abunda es el azul cielo.

Con la distancia, la nostalgia es tan fuerte que quema. Los recuerdos queman más que nunca. El anhelo de algo que ha pasado como si estuviera a punto de llegar.

Se siente farsante y arrogante cuando habla de ella en tercera persona, y llega a la conclusión de que no podrá hacerlo muchas veces más.

A lo lejos se escucha un piano. El aire que entra por la ventana está frío. El piano suena cada vez más fuerte, evoca algo desconocido: una luz cálida, una vida tranquila y sin final. Con otro yo. Si vuelvo a nacer, esa vez lo haré bien.

(Anna TV)

Aeropuerto

El día que se marchaba no llovió en todo el día. Se sentó a esperar el avión en el lounge destartalado del aeropuerto mirando por el ventanal la selva detrás de las pistas.

Fue a pedir un café, eligió un vino.

Aquel día no llovió en todo el día. Las nubes amoratadas sujetaban dentro del pecho la emoción.

Había cuadros colgados en las paredes revestidas de madera. A su lado un chico pintaba los aviones. Parecían no pesar, ser de gas. Zepelines.

También había música en la sala. Era la primera vez que había música en la sala.

Había otro chico que se movía por el lounge como un bailarín. Le presentó con pasión sus cuadros: acrílicos de rostros africanos con tipografías de prensa que miraban a todos los viajeros que esperaban para marcharse.

Era la primera vez que organizaban aquella exposición, le dijo. Los cuadros contaban historias, el chico contaba historias, historias que empezaban el día que se marchaba.

El chico de los aviones pidió permiso para dibujarle. Lo dibujó con una gran nariz y labios gruesos. Le habló de sus estudios, de sus cuadernos escolares, de sus planes, de las próximas exposiciones. Los miró y se dio cuenta de lo jóvenes que eran: casi dos niños.

La vida continuaba, el día que se marchaba.

(Santiago O.)

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TEMA 6: EL FUTURO

I WANT TO BELIEVE


Un corazón sonrosado quiero cenar si mañana me voy a morir. Un corazón sonrosado quiero cenar si faltan cien años para el fin. Y dejar de gotear. Dejar de latir. Dejar de gritar. Hacia dentro. Entre tantas deudas mal enunciadas. Entre toda esta tristeza que no termina de irse por el desagüe. Pierna abajo viajan las cuentas que no cuadran, las tildes mal puestas, el dolor intermitente que, por mucho que rece, no cesa. // Creo. En el presente que se desangra. En los labios que lo contienen. En este tic, tac que amaga con salirse de mi pecho de quinceañera. Veo. Esa imagen rota, de ti, e imagino un mañana que nos sostenga. Tal vez. Que nos comprenda. Al fin. Que no se pierda entre todos estos eclipses traviesos, sangrantes; crueles y tiernos. Pienso. En la posibilidad de una isla. En quererte hasta el hueso. En la realidad transitiva que es amar. A lo bestia. Sin piedad. // Siento. Que no hay futuro en este parque de atracciones. Que querer no es cambiar una montaña rusa por un ramo de flores. Muertas. Que el dolor que nos define poco tiene que ver con esta herida abierta de la que se alimentan carroñeros que no pueden -no quieren- esperar. A que nuestros cadáveres se descompongan. A que el recuerdo quede hecho cenizas. A que nos abrasemos en este rojo amanecer que amenaza con no acabar. Nunca. Nunca. Nunca. Jamás.
La Otra

Miedo

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– Estoy preocupado

– ¿Por qué?

– Porque me da miedo que esta noche en el restaurante me sirvan una sopa con una mosca

– ¿Perdón?

– ¿Y si me pido una sopa y aparece una mosca flotando?

– Pero ¿ya sabes lo que te vas a pedir?

– No, pero si pido una sopa, ¿cómo sé que no encontraré una mosca dentro?

– Mientras haya preocupaciones habrá esperanza

-Vaya frase de mierda que te acabas de inventar.

– Sí.

(Anita TV)

Oración para el futuro

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¡QUE ALEGRÍA NO VOLVER A VERLAS! Las cucarachas que salen por todas partes cada tarde a las seis. Me marcho, otra vez, porque me marcho de todas partes: ha acabado el curso y el contrato. Se acaba el presente.

De repente.

Como si pasase un cometa, todo el mundo se ha quedado congelado el día antes de mi partida, con 22 años, con el pelo teñido o simplemente con pelo. Delgados aún. Buscando trabajo, leyendo “Rayuela” y preparando un examen. Les condeno a quedarse así para siempre: cierro la puerta de la habitación y se quedan así parados. Mis amigos, figuritas.

Me subo en un avión con aire de nave espacial. A mí personalmente me da miedo el sitio al que voy.

Me da miedo que en el futuro desaparezcan las selvas.

Cómo los animales salvajes, mis amantes se han hecho más astutos. Se esconden. Antes caían cada noche en las trampas, el bosque no terminaba nunca. Ahora es más difícil encontrar aunque sólo sea uno. Mis bestias oponen sus propios problemas y su desarrollada inteligencia. Nuestros encuentros son un cubo de rubick, al que jugamos desesperados (cada vez más) pero empleando complejos algoritmos, eso sí. Mis amantes. Me preocupa el día que se extingan, que se vayan, que me priven de su compañía.

También me dan miedo los pelos que veo caerse en mi baño.

La calvicie en si misma me da igual, pero me preocupa que sea sintomatológica de cosas peores: me da miedo que anuncie el sexo de los japoneses y la mayor frecuencia del sufrimiento.

En el futuro seré un hombre feo – de ello no me cabe la menor duda – y me veré obligado a invertir crecientes esfuerzos en mantener mi grado de envilecimiento en niveles aceptables para conservar la ilusión de una juventud imprescindible: “es Usted un 5% más feo que el año pasado” dirán las aplicaciones de monitoreo de edad para SMART PHONES que leerán las facciones y calcularán estadísticas sobre la pérdida de elasticidad, las arrugas, las manchas, la masa muscular.

Todo lo veremos en términos estadísticos y clínicos. Todo el mundo será feo, eso es lo bueno, que la belleza media de todo habrá descendido y nos dará igual, porque todo será más feo, y más caro.

Me da miedo el sufrimiento, y una vida orientada a su prevención.

Cómo ordenadores viejos, habremos acumulado demasiada información en la retina y no podremos – no nos atreveremos  a eliminarla. Mejor la experiencia que la inocencia, en ella nos sentimos seguros.  Y la seguridad en un futuro en el que el sufrimiento se hará más frecuente es un aspecto a tener muy en cuenta.  Tendremos más miedo y nos agarraremos a lo confortable y a lo conocido. Si rodase una película del futuro la rodaría en Monte Carmelo: futurismo de gres y mueble castellano.

En el futuro estas cosas darán igual, habrá problemas importantes y aburridos. Leeré esto y diré qué tontería, qué mal escrito.

Qué sofoco.

Amén.

(Paqui, la del cuarto)

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TEMA 5: RECIBIR UNA LLAMADA, SALIR DE CASA, COMPRAR UN LÁPIZ.

Presento a duras penas el QUINTO TEMA de TEMARIO 13 con la eterna vergüenza de haber sido incapaces de respetar la puntual cita con nuestros tres o cuatro lectores. La premisa ha sido diferente de lo habitual: desde que se ha teñido de rubio y se va con Elsa, a Anna se le ha subido el TWEE a la cabeza, así que  propuso a sus electroduendes que el texto incorporase tres elementos: recibir una llamada, salir de casa y comprar un lápiz. Hoy contamos además con La otra, una nueva colaboradora que nos escribe desde Madrid. ¡Te doy una calurosa bienvenida, amiga!

Pasen y vean el resultado.

Pasen y vean cómo una mujer les acribilla, acompáñennos en un paseo de verano por la ciudad, báñense en el mar.

De corazón esperamos que les entretenga.  Les dejo, que la sopa de cangrejo se me está enfriando.

(Rose Kennedy)

Doble o nada

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(La Otra)
SALGO DE CASA. De casa. Salgo. Porque escribir es como llorar. Muy alto. Llorar. Muy triste. Sobre el televisor. Sobre una agenda.  Sobre toda esa mierda tan bien estructurada. Huyo. De casa. Después de que me llames, y me digas. Después de que me escupas. Mentiras. Con la mina clavada. Bajo la piel. Los dedos sobre las teclas. Estos dedos, estas teclas. Los tristes dedos que me meto en mi triste hueco, ahora sobre las teclas. Antes sosteniendo un pincel, y un lápiz. De ojos. De ojeras. Dibujar el cansancio en este marco, que es espejo, que es dolor de muelas. Que es entrada y a la vez infierno. Personal. El maldito reflejo. Estúpido, sumiso y fiel. Ligado, a tu abismo. Sujeto a toda esa tinta derramada, sobre la cama. Sobre este cuaderno. Sobre mi espalda. Corro. Por la calle. Creo que vuelo, pero solo es el viento, que me muerde. Solo el recuerdo, que me mata. Un poco, solo un poco. Y entro, en una papelería. Compro. Dos lápices 2B. Siento. Que resucito. Miento.

El recado

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(Anna TV)
HOY EMPIEZA EL VERANO, y para ser principios de verano hace un calor insoportable. Se ha pasado el día llamando a distintas personas para ir a dar un paseo, no quiere quedarse en casa pero tampoco salir solo, hoy no. Caminaría sin rumbo durante un cuarto de hora y después volvería a su casa, aburrido. Está sentado en el sofá esperando que la vida de un vuelco. Coge el teléfono una vez más, lo mira e intenta recordar a quién no ha llamado, alguien tiene que haber que pueda quedar. Suena el aparato, ahí esta, se dice. Al responder Jaime le dice que acaba de ver su llamada, estaba en el curro y tenía el móvil guardado, ¿qué pasa?, le dice. De golpe siente una extraña vergüenza para decirle a Jaime que quiere salir a pasear o a tomar unas cañas. Así que inventa una excusa, tengo que hacer un recado y me da un poco de pereza, ¿me acompañas?, Jaime asiente y se citan en la mitad de camino entre su casa y la de Jaime, a unos diez minutos.

Coge las llaves y sale de casa. Jaime espera en el punto de encuentro, ¿qué tal, tío?, se saludan. Bueno, dime, ¿qué recado tienes que hacer? Como la pregunta le pilla desprevenido, había olvidado por completo lo del recado, inventa lo primero que pasa por su cabeza al ver en frente de ellos una papelería. Tengo que comprar un lápiz, le dice. ¿Un lápiz?, Jaime se extraña y piensa que su amigo nunca dejará de ser raro, y su amigo nota, molesto, que Jaime piensa que es raro. Si, es que, bueno… si, tengo que comprar un lápiz y no sé muy bien, para dibujar, ¿verdad que hay distintos tipos de lápiz?, le dice. ¿Pero desde cuándo dibujas tu?, le pregunta Jaime. No, no dibujo, es que tengo que hacer un dibujo para una cosa. La conversación se enreda cada vez más, y cada vez más Jaime piensa que su amigo es muy raro, y su amigo se siente avergonzado. ¿Por qué coño me tengo que comportar como un puto extraterrestre?

Una vez en la librería, la dependienta les atiende y él pide un bolígrafo negro. Jaime no entiende nada. Al salir, Jaime le propone de ir a sentarse en una terracita, a ver si hay suerte y encontramos sitio, que la cosa con este calor está complicada.

Correspondencia

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(los electroduendes)
SE HA LEVANTADO TEMPRANO, hoy hace sol: desde que no va a la escuela, los sábados son iguales que el resto de los días.

« Tu madre ha llamado: no ha conseguido el dinero para enviarte al colegio este año », le dijo la abuela meses atrás. Cedric aceptó este hecho con resignación. A sus 18 años tiene tiempo para todo. “El año que viene, tal vez”.

La abuela está cansada y no tiene ya los medios que tenía. El otro día una señora la paró por la calle: “¡Ay! ¡Tu abuela niño ha llevado mal su vida! Desde que se enganchó de ese hombre se volvió ciega, todo lo que le pedía se lo daba: cien mil, doscientos mil… ¡todo! ella no podía negárselo.  Perdona que te lo diga niño, lo que era tu abuela cuando todavía tenía su bar. Cuando la fábrica cervecera venía repartiendo el rappel de ventas a final de año, no era poco lo que le daban ¿Sabes? Un millón, dos millones. Y lo perdió todo. Era un gran bar, grandísimo, no ha vuelto a haber en la ciudad un bar tan importante como el de tu abuela.”

Cedric se lava, se viste y se cepilla los dientes. Pondría la televisión y vería DVD – de dibujos japoneses, de luchadores chinos, de raperos marfileños – pero hace más de una semana que no hay corriente en el pueblo. Un camión se salió de la carretera y tiró un poste de la luz.
Sale al cruce donde un enjambre de adolescentes nerviosos le rodea. Niños que corren de un lado para otro, suben a los árboles, cogen cocos, paran motocicletas, hacen señales a los coches. El pueblo tiene hoy una inusual actividad: comienza la temporada alta, es fin de semana, y mucha gente vendrá a bañarse a la playa.

Cedric se confunde entre la muchedumbre de jóvenes y corre.

Tonton Luc tiene clientes en su chiringuito. Un importante director vendrá a pasar el día allí: ha encargado pescado, gambas, y langosta para doce personas.

En la cocina de su tío, Cédric limpia las escamas del pescado, fríe atentamente las patatas y el plátano, prepara la salsa, recoge cubos de agua del mar.

Sus primas mayores suplican a Tontón Luc que las deje venir a la playa cada vez que tiene clientes. Siempre vienen con mini shorts y escotes. Son ellas las encargadas de servir las mesas.

“¿Por qué no hablas nunca, Cedric?” – le dice una de sus primas. Cedric se encoge de hombros.

Los clientes llegan acompañados de sus amigas africanas. « Que pelo tan bonito tiene esa, es un postizo brasileño de pelo natural seguro». Le dice una de sus primas a la otra, mientras machacan pimientos. Cedric las escucha callado fregando una bandeja.

Desde el rincón los mira comer, reírse, chapotear entre las olas y pasárselo bien. Brindan con vino y cantan canciones francesas. Ellas ríen las gracias de sus amigos. Algunas parejas se alejan a pasear por la playa, se abrazan y se besan. Él los mira, como un DVD.

Cae la tarde y Tonton Luc despide al director y a su delegación de flamantes Toyota Prado con una reverencia de respeto.  Recoge los cacharros y reparte las propinas entre los chicos. Es la hora de volver a casa, de lavarse, de ir al bar; el día termina.

Cedric debería haberse ido a su casa, debería haberse lavado, debería haber salido al cruce y visto a sus amigos y con ellos debería haber ido a la playa a fumar porros, con canciones de Rihanna saliendo de un móvil viejo. Pero no lo hizo. Sus primas le hicieron volver a la playa para recoger una cacerola que se había perdido.

Y allí se la encontró, sentada en la arena.

Era una señora occidental con el cabello dentro de un turbante. Llevaba un traje de baño negro con perlas y brillantes. Iba muy maquillada: tenía una boca sensual dibujada con carmín rojo en unos labios que la edad desdibujaba. Morena y llena de joyas: joyas enormes, collares, pendientes, anillos, perlas y sortijas de oro. Sostenía un gran cigarro y miraba al mar metálico. La marea estaba subiendo.
Sin querer que se diese cuenta de su presencia, cogió la cacerola y se apresuró a irse.

–    “Joven” la oyó pero hizo como que no había oído nada. Ella insistió: “disculpa joven”. No tuvo más remedio que contestar.
–    “¿Si, señora?”, dijo él, como si le hubieran pillado robando.
–    “¿Tienes fuego?”.
Cedric se acercó y, con las cerillas de Tonton Luc, ayudó a la señora a encenderse lo que a él le pareció un cigarro muy grande. Ella le dio las gracias.

–     “¿Cómo te llamas?”
–    “Me llamo Cedric”
–    “Qué nombre tan bonito. ¿Qué edad tienes?”, hablaba lentamente y con aplomo.
–    “Dieciocho años. Este año cumpliré diecinueve.”
–     “Una edad maravillosa.” “¿Trabajas?”
–    “Ayudo a mi tío. La mamá no ha encontrado el dinero para enviarme al colegio”.
La señora lo miró atentamente, sorbió su cigarro y le dijo:

–    “Mi madre tampoco pudo darme mucha escuela. Con 18 años también me ganaba la vida. Gané un concurso y me hice artista.”

Artista. La blanca era artista. No cabía duda de que Cedric estaba ante uno de sus DVDs.

–    “¿Hacía películas?”, preguntó.
–    “Películas maravillosas, teatro. No sabía leer. Aprendí a tu edad. Las primeras letras me las enseñó un gran dramaturgo.”
Cedric sonrió. La observaba hablar y fumar. Nunca había conocido a nadie así.
–    “¿Te ha comido la lengua el gato?”, Se rió ella. “Cuando se es joven, hay que querer ser algo en la vida. Yo eso lo tuve muy claro siempre,  tonta no he sido.” Sentenció y exhaló una nube de humo blanco.
Cedric se encogió de hombros y le sonrió.
–    “A mí también me gustan las películas. Pero es que hace mucho que no hay luz y no las puedo ver.”
–    “Muchacho, pues si no puedes ver películas te las inventas. A tu edad se inventa uno muchísimas cosas. Todo. A tu edad se inventa todo.”
Cedric la miró y le dijo “tiene razón.”
–    “Por favor, ayúdame a meterme en el agua, quiero darme un baño. Me dejo los cigarros ahí, guárdatelos. No te los fumes, guárdatelos. Te dejo también un lápiz. No me voy a meter en el agua con él. Es un lápiz de ojos que me he traído para pintarme. Así al ver el lápiz te acuerdas de escribirme. Me gustará saber qué tal te va.”

Entonces extendió la mano hacia Cedric cómo si fuese el primer bailarín de su espectáculo  y le desenrolló 5 000 francos. “Una pequeña propina, por tu ayuda”

–     “Es usted muy guapa, señora”, dijo él, agarrándole la mano, como un enfermero, y acompañándola al agua.
–    “Muchas gracias”, dijo ella coquetamente, “¿ves cómo eres un galán?”
–    “Aún no me ha dicho como se llama”, preguntó Cedric.

Ella se lo dijo al oído.

Avanzaron hacia el mar. Cedric se volvió a mirarla otra vez. Dentro del agua esa mujer era increíblemente hermosa, una fuerza de la naturaleza. Entonces, hizo lo que nunca antes había hecho con una chica: besarla. Pausada y firmemente, agarrándola por la cintura: él era un galán. El galán de una DVD. Besarla era su deber, un imperativo interior. Lo que tocaba en este punto de la película.

Se besaron apasionadamente hasta que ella dio suavemente el beso por finalizado. Con dramatismo de estrella le dijo “ahora debo irme. Encantada de conocerte, Cedric”. Le besó en la mejilla y empezó a correr mar adentro hasta sumergirse en el agua.
Cedric nadó tras ella, pero las olas le tiraron. Desde la orilla la siguió con la mirada. En el momento en que el sol se ocultaba del todo la perdió de vista. La esperó un buen rato. Salieron las estrellas. Se nubló. Empezó la lluvia y el viento. La tormenta lo empapó un rato largo sentado en la arena.

Al amanecer, un pescador lo encontró dormido. Ese día Cedric cayó enfermo.  Pasó una semana en la cama con mucha fiebre y mucha tristeza.
Su abuela rezó día y noche.

En aquella época yo daba un cursillo para chicos sin empleo. Un día, el inocente y callado Cedric vino a clase con un sobre dirigido a una vieja estrella española. Me pareció curioso, pero en Camerún cosas más raras he visto. Cogí la carta y la trasmití a la embajada. Allí me dijeron que Correos dispone de apartados específicos para  admiradores de grandes personalidades.

Cedric me traía siempre su correspondencia y yo la trasmitía. Entre un español básico y un francés lleno de faltas escribió una segunda carta, luego una poesía (que me hizo revisar). Escribió. Escribió lo que no decía nunca. Lo que nadie le contaba y lo que no tenía a quien contar. Cada día, después de la playa, escribía para la señora las cosas que le pasaban o le interesaban, y cuando dejaron de pasarle cosas, se las empezó a inventar, porque se puede inventar todo.

Cedric se inventaba historias y las historias se inventaban a Cedric.

El océano no tiene límites pero la ciudad es pequeña.  Las cosas que contar se le terminaron pronto. Entonces Cedric se inventó que no se quedaba en la playa, que acababa los estudios secundarios, que cogía un autobús, que salía del país… Se inventó aventuras en N’Djamena y que pescaba con los Susu del puerto de Conackry. Se inventó que se cruzaría con alguien en la barra de un hotel de Abiyán.

Y una noche dentro de unos años, lejos, estará viendo en un canal español una película mexicana en blanco y negro.
Reconocerá a la mujer de la playa, cantando en blanco y negro en la pantalla.  Al verla, se pondrá muy enfermo y sabrá que tiene que irse inmediatamente al mar. Los vecinos le preguntarán “¿Por qué?”.

Y él, con la serenidad en la que se habrá convertido la inocencia, sonreirá. “Ella tiene ganas de fumar”, dirá.

Epílogo

En las costas del Africa Occidental abundan las leyendas de mujeres que viven en el mar y guían a los pescadores. En Camerún se llaman Mammy Wattas. Son mujeres hermosas y celosas, pueden colmar de regalos a los hombres a los que protegen de las mareas y con los que establecen una relación de por vida. Antiguamente se las veía en la playa o sobre las rocas al atardecer, ahora, con las plataformas de petróleo y los hoteles, las Mammy Wattas se han ido lejos. Así es cómo los pueblos costeros de Camerún perdieron poco a poco las bases místicas de su civilización.

Ya nada impide entrar a los barcos de pesca chinos que esquilman de peces el mar, ni frena a las olas que devoran las playas.

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TEMA 4: LAS RESACAS

Rose me ha cedido la amable y difícil tarea de presentar el tema de hoy, de esta semana o de esta vez, lo que sea.

Es sábado por la mañana y no tengo resaca, hace dos meses que no pruebo una gota de alcohol.

Resaca, que no te echo de menos,

Resaca, que estás en todos los edificios de esta ciudad (y de la otra)

Resaca inesperada, cuando ayer sólo salí a tomar un café y hoy me veo a las 10 de la mañana esperando el momento idóneo para volver a casa

Resaca, no puedo dejar de sudar

Resaca, tengo hambre y ganas de devolver

Resaca, te necesito para escribir con lucidez.

Os dejo con la resaca, que la disfrutéis.

(Imperio, Rose no bebe)

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Ciencia Ficción

(Anna TV)

No tengo ganas de levantarme, no tengo ganas de quedarme en la cama, no tengo ganas de hacer nada. Me incorporo y, cuando los objetos de mi habitación dejan de dar vueltas, me pongo en pie, me sentará mejor que seguir tumbada y conseguir que el dolor de cabeza se evapore por arte de magia.

El café se hace lentamente. Por no apetecer, no me apetece ni fumar. Me enciendo un cigarro, creo que todavía estoy borracha, mis pensamientos son excesivamente lúcidos y hay algo de falsa alegría en mi interior.

El tabaco, asqueroso, aumenta levemente mi dolor de cabeza. Me tomo un ibuprofeno y bebo tres vasos de agua, que me dejan el estómago un poco revuelto. El primer sorbo de café es desagradable, pero es agradable estar despierta a las 12 del mediodía aunque ayer saliera hasta las tantas, es agradable estar fumando y tomando café como si hoy fuera una mañana más. Hoy es una mañana más, las resacas se han convertido en algo tan habitual que los día que no tengo me siento un poco extraña, con demasiadas cosas en las que pensar.

Me ducho, me visto con lo primero que pillo y salgo a pasear, hace un día espectacular. Bajo al centro, comeré con algún amigo y antes de quedar con él caminaré por las calles del casco antiguo. Me meteré en las tiendas sin ánimo de comprar, sólo para ver cosas que me distraigan, cosas que me hagan sentir en comunión con el resto de los habitantes, cosas que me hagan creer que tengo un buen día, que hoy no es un día más tirado a la basura. Y no lo es.

Hoy es viernes y hace sol. Como con Pepito, pedimos vino para acompañar la comida, al tercer vaso ya casi no siento esa culpabilidad absurda que no consigo saber de dónde sale, que no tiene explicación lógica, que no puedo argumentar, que me acompaña en todas y cada una de mis resacas. Si no fuera por este sentimiento de culpabilidad mi vida sería mucho mejor.

Después del postre pedimos un orujo, me siento tan bien que no consigo comprender cómo es posible que hace apenas una hora hubiese un sentimiento oscuro dentro de mi.

 

Las horas de la tarde pasan amablemente a nuestro lado. Vamos de un sitio a otro y cada vez somos más, hemos llamado a algunos amigos y se han unido a nuestra tarde de viernes y a nuestras risas. La tarde ha devenido en noche, otra noche que pasará inadvertida, otra noche que no recordaré.

Somos muchos, el bar está animado, miro a Pepito y siento que lo quiero con toda mi alma, lo abrazo, le digo que le quiero, que es el mejor amigo que he tenido en toda mi vida, le doy un beso en la mejilla. Benditos viernes sin trabajo, benditos amigos, bendito vodka, bendita vida, benditas resacas, la que voy a tener mañana.

¡Ay de mi!

(Los electroduendes)

Desde que cumplí 30 las mañanas de sueño no duran lo que duraban. Cada vez que bebo me despierto temprano con un dolor de cabeza intenso, torturada, cómo si un clavo gordísimo se me clavase en la cabeza. Naaaang. Mis resacas insomnes me hacen prisionera política en la China Popular.  Naaaang.

Desde las seis de la mañana doy vueltas en la cama, sudando. Exudo todo un poemario, una elegía insoportable de tragedias de niña bien.

¡Ay de mi!

El estudiante cerdo que vive al fondo del pasillo se ha ido a su pueblo. Sola en casa. He dormido otra vez sola. Llevo 5 años durmiendo sola – ¿por qué te deje?, ¿por qué no me quisiste?, ¿por qué nunca logramos que funcionara?

¿Por qué no sé querer a nadie?

La resaca me arrastra al interior de la ola, la corriente me sumerge en la evidencia de mi declive. Me hundo en mis sábanas sucias y empapadas, me cuelo por una cloaca. Agazapada, golpeo una portezuela, allí están Silke y Candela, que me conducen hasta un lugar donde la mujer taciturna y fracasada en la que me estoy convirtiendo se pelea con un funcionario de banca, con un revisor del metro y con una directora de recursos humanos (por ese orden).

Ese trabajo, vaya mierda de trabajo, vaya mierda de condiciones, me alejé de todo aquello que siempre quise ser, me convertí en una fracasada.

En silla de ruedas, mis resacas me pasean por lo más sucio de Barcelona, escaparate dónde siempre es de noche. Emergen de la sombra otros zombies modernos del Raval, purgatorio electrónico de nunca llegar a nada. Cómo yo, deambulan por Elisabets almas varadas en el Sónar de 2000.

Imploro a mi resaca por tener noticias de los hijos que creo que nunca tendré, les amamanto y me muerden el pecho, criaturas repugnantes. Son lagartos. Sangro cómo una cerda, sangro, sangro, sangro, y todo el cuarto se inunda – desangrada en su resaca, se suicida con el butano, la muy cerda, la guarra del quinto – la gente habla de mi estando yo muerta y yo me digo, quiero escucharlo, a ver qué dicen, enciendo Antena 3 y es todo de una fealdad insoportable.

Qué dolor de barriga.

Qué ganas de vomitar.

Me toquetean seres del inframundo que hablan con acento extremeño, lo mejor que tendré, seres pequeñitos a los que pido que me quieran y que me consuelen.

¡Os lo pido por favor, tengo mucha resaca!

Me paseo por la casa como un espectro tuberculoso, en círculos, el corazón me late muy fuerte y oigo una canción horrorosa de Merche a todo volumen por dentro de mi cerebro que me pone el alma de punta y al afilador por fuera del balcón. Afila el clavo que tengo dentro de los sesos. Tengo nauseas, recibo una descarga, me conecto por telepatía con todos los momentos en mi vida en que he hecho algo mal, entre ellos:

El día que pegué a una niña de mi colegio que era retrasada mental.

El día que engañé a aquella familia de Palencia para cumplir el objetivo de ventas.

El día que te esperaba desnuda en tu habitación, entraste y me dijiste que me vistiese y que me fuera.

Vuelvo a la cama. Me tumbo. Y abrazo cómo un príncipe azul a mi almohada maloliente y sudada.

Por fin encontré la paz del sueño pensando en mi boletín de notas de sexto de EGB, que era todo sobresaliente.

Entraron los bomberos. Me despertaron. Llenaron toda la habitación de serrín para recoger la sangre, el sudor, los meados, el vómito, la regla y las heces que generé en mi mañana de resaca. Los vecinos y algunos de mis familiares miraban espantados.

Me rogaron que por favor dejase de beber tanto.

Escupí serrín por la boca y sintiéndola seca y pastosa les dije:

“¡Pero si hace una tarde preciosa!”.

Y nos fuimos a tomar una cerveza.

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TEMA 3: LA BELLEZA

Este tema está zanjado.

La belleza. No es nada sino él.

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No es pasión de abuela.

(Rose Kennedy)

La guapa y los imbéciles

Se miraba al espejo y sabía que tenía una parte ganada. Era guapa, no cabía duda.

Tenía el pelo lacío y de un color irrepetible; ojos grandes, negros y un poco rasgados; la nariz recta, sin ser pequeña no era grande; labios carnosos y dibujados, con un color tan vivo que un pintalabios lo estropeaba; la forma de sus mejillas endurecía sus facciones, pero la barbilla endulzaba su expresión; su piel era blanca y no era pálida, y la conservaba tan bien como cuando tenía diez años.

Era guapa a los ojos de cualquier persona, viniese de donde viniese.

Era  invierno, hacía frío y los días oscurecían temprano que casi no daba tiempo a ver el sol, aunque el Mediterráneo estuviera cerca. Los árboles estaban pelados, la gente vestía de gris y llovía la mayor parte de los días que ocupaban el mes. Con esta estampa, no había quien se repusiera de una mala racha al póquer, un deshaucio o un mal amor.

Los años pasaban y su edad se acercaba más a la de una mujer hecha y derecha que a la de una joven inocente sin preocupaciones tales como los planes de pensiones por ejemplo.

Malas épocas las pasa cualquiera, y una mujer guapa más. Tenía unos cuantos inviernos a sus espaldas, con sus correspondientes depresiones y el frío y las ventanas con luces que siempre son mejores que las tuyas y el frío y la oscuridad y el frío.

Sin duda, como cada invierno, aquel era el peor invierno que había pasado en mucho tiempo.

Se miró al espejo, su piel no brillaba, habían aparecido arrugas por debajo de sus ojos, “eso ayer no estaba” pensó al verlas. Continuó mirándose al espejo, tenía el ceño fruncido pero no estaba de mal humor, no, no tenía el ceño fruncido, era una marca. Su cara no era la misma.

Salió de casa y nada más ver al amigo con el que había quedado le interrogó

¿Estoy fea? Mira, tengo arrugas

Bueno, lo de las arrugas es natural– después de decir esto el amigo cambió de tema. “¡¿Estoy fea?!” se extrañó ella.

La tarde transcurrió y llegó la hora de volver a casa. Al llegar cogió el teléfono y llamó a otro amigo. Nada más contestar al teléfono -¿estoy fea?- le preguntó, el amigo le dijo -no…- con voz temblorosa. Ella colgó y dijo en voz baja, para si misma, con los ojos muy abiertos y con la mirada perdida “estoy fea”. Lentamente se acercó al espejo, se miró, se puso la mano en la cara, acariciando con dureza su mejilla y volvió a repetir las palabras “estoy fea”.

Empezó a hacer algo que no había hecho nunca: maquillarse los días de cada día, ni así conseguía disimular su fealdad.

En la ciudad no se hablaba de otra cosa, ese era el tema de conversación.

Las señoras comentaban en el mercado

-¿Has visto a…?

-¿Te has enterado de lo de…?

-¿Sabes quién se ha vuelto fea?.

Cuando entraba en el bar en el que se reunía con su grupo de amigos, éstos al verla llegar callaban de golpe.

En las escuelas ponían su cara de ejemplo para explicar la asimetría.

Los de la wikipedia dudaban entre poner una foto suya o una de Malú -ganó la de Malú-.

Pasaron más años, se acostumbró a su fealdad, estaba todo asumido. Se podía hablar del tema abiertamente. Y así hizo un amigo -el mismo que le había dicho “no” con voz temblorosa hacía unos años-, que una tarde en una cafetería le comentó

-Tú no eras guapa. Eras joven. Y engreída. Pero déjame que te diga que ahora, sin tu arrogancia, eres diez mil veces más atractiva. La humildad te ha embellecido. “Tú eres imbécil” pensó ella, no se lo dijo.

(Anna TV)

Crisálida

CUANDO SE CONOCIERON: Fernando conoció a Manu en una discoteca de ambiente mixto que había entonces. Acababa de cumplir 30 pero no disponía de un gran bagaje sentimental.

Se había pasado la vida enamorado de su mejor amigo del instituto, ensimismado en un amor de juventud que describía en diarios y cuadernos. Habían estudiado juntos, hecho las prácticas juntos, se vinieron a España juntos y juntos trabajaban, cómo arte y copy.  Hasta hacía poco Fernando no era marica, sólo estaba enamorado de su amigo, qué es bien distinto. La de aquella noche era una de sus primeras incursiones en un mundo que le resultaba ajeno.

Manu había acudido allí con sus compañeras de clase de comunicación audiovisual. Era muy guapo de cara. Siempre había sido un niño un poco gordito y retraído con mofletes, y así era todavía entonces. Tenía 23 años.

Fernando y Manu se enrollaron esa noche, después de hablar un poco en la pista de baile. Volvieron a casa juntos abrazándose con ternura por la Gran Vía, se acostaron, compartieron el desayuno y, en la puerta, cuándo Manu se marchaba, se besaron sinceramente una vez más. Así empezó su historia juntos. Una historia de aprendizaje y de cariño.

Entonces todavía pasaban cosas así en Madrid. Hoy todo esto suena a los romances de las abuelas.

CUANDO ERAN DOS: Con Fernando, Manu había abierto un capítulo nuevo y prometedor de su vida. Nunca había tenido novio, sólo un chico de su edad que conoció por Internet y algunos líos por ahí. Ahora era diferente, porque hacía cosas que no eran ya estrictamente propias de un estudiante: salía con alguien interesante, que trabajaba en Publicidad y que además era argentino. Se acabaron las noches en casa de sus padres sintiéndose sólo.

Durante los meses posteriores ocurrieron muchas cosas: Fernando ganó un “Sol” en el festival de San Sebastián y Manu encontró unas prácticas en una cadena de televisión.

Por aquel entonces, Manu empezó a ir al gimnasio. El médico le había recomendado nadar para la espalda. Se apuntó también a la sala de fitness y pronto comprobó cómo su cuerpo sólido y joven desarrollaba masa muscular con facilidad. Gracias a una dieta complementaria, la grasa que le envolvía y le protegía del mundo exterior, que le aislaba desde siempre de sus agresivos compañeros y de su padre, que amortiguaba a ojos de los demás su homosexualidad, y que justificaba su torpeza y escaso interés en los deportes, empezó a transformarse en músculos que se hacían cada vez más definidos. Hombros, pectorales y muslos adquirían una forma turgente y resueltamente masculina.

No se había acostumbrado aún a ser un hombre deseado, aún cometía actos de inocencia.

LA INFIDELIDAD: El día después de cumplir 24 años, en el gimnasio, Manu cometió su primera infidelidad. Un informático belga que trabajaba en Madrid le miraba con sus ojos azules a través del espejo desde la cinta de correr. Manu se decía “¿por qué me mira? ¿Soy tan  ridículo?”.

En el vestuario, el belga con su toalla alrededor de la cintura vino a hablar con él. Fueron a tomar algo, y se enrollaron. Al tacto de sus manos, el cuerpo duro de aquel otro hombre, toda su anatomía trabajada y rocosa, el vello suave que subía desde su pubis resultaba diferente del cuerpo delgado y lánguido de su novio. Llamó a Fernando y le dijo que no iría a su casa esa noche a ver esa nueva serie de culto.

Se esforzó sinceramente en sentirse culpable, pero en el fondo le dio igual. En realidad se sintió bien.

LA SEPARACIÓN: Fernando nunca supo de esta infidelidad. Las que siguieron fueron cada vez menos accidentales. Comenzaban como coqueteos por los pasillos de la tele o sucedían en salidas en las que su novio no estaba. A Manu le excitaba comentarlas con su nueva amiga, una joven regidora dicharachera teñida de rubio platino, a la que Fernando no tragaba. Con ella, Manu empezó a sacar más libremente su pluma natural, que fue homologándose poco a poco a ese hablar estandarizado y frívolo que era código de mariquitas jóvenes de la época.

“¿Por qué los gays tenéis todos el mismo acento? Cómo los sevillanos o los murcianos, es cómo si fueseis todos de la misma comunidad autónoma”.

Amigos, rollos, amantes, como vasos comunicantes, vaciaron el amor de Manu por Fernando. Los árboles perdían las hojas, ellos follaban menos: la relación se hizo fría. Un día Fernando habló con Manu de que las cosas no funcionaban y le dejó. Le dejó disfrutar de sus 24 años en la compañía de chicos divertidos que a él le habrían aburrido. Le dejó salir, vestir, ir a fiestas, hacerse muy amigo de una famosa bloguera de Madrid que trabajaba en Neo2, y ser un personaje habitual del Fotolog de un club de la calle del pez.

Se arrepintieron, se enrollaron alguna vez cómo quien vuelve a casa, pero ya no era su casa. Costaba encontrar de qué hablar.

POST DATA: Así acabó la primera historia de amor de Fernando en España. Años después, cuando le conocí en una discoteca de ambiente mixto – que entonces empezaba a estar pasada de moda y hoy está cerrada- Fernando se acercaba a los 40, tenía un bonito apartamento y ya había perdido casi por completo el acento argentino.  Pasamos la noche juntos, y el día charlando de mis amores y de los suyos. Antes de que yo desapareciese por la boca del metro, me sonrió con las manos metidas en los bolsillos y me dijo “ya nos veremos”. No hubo un paseo por la Gran Vía abrazándonos  con ternura. Tampoco volvimos a vernos.

Esta historia no tiene moraleja porque Rose y Madonna saben que la vida es un misterio y que todos deben estar solos.

(Los imbéciles)

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Epílogo

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Ataque de alergía de la actriz italiana Laura Antonelli después de echarse una crema antiarugas en 1989.

EL CAFÉ

Queridos amigos,

El tema de hoy es el café. Cáliz de mis nervios, néctar de mis desvelos. Estoy en Kenya que es un país de café. Paseo las playas blancas que son un “Qué no daría yo”. Ayer iba corriendo por la arena al atardecer, ágil como esas mujeres tan esbeltas que salen en las portadas de la revista Sport Life, mujeres de los grupos que sigue Silvia Taulés . Entre las algas y la arena pequeños caparazones se movían bajo mis pies, suguiendome, guíandome celebrando mis zancadas con alegría. Diminutos amiguitos.

Mi carrera se vio turbada cuando apercibí un enorme perro corriendo tras de mi raudo y feroz. Presa del pánico, no tuve mejor idea que sumergirme en el agua para que no me atacase, así me salvé. El perro me miraba con sus ojos rojos de Profecía desde la orilla. El negrito que lo pasea vino a llevárselo. Cosas terribles suceden en las playas, bien lo sé. Cuando el perro se marchó me di cuenta de que mi móvil se había visto sumergido en la ola. Al encenderlo, el perro ladraba dentro de la pantalla, como Alaska me miraba fijamente dentro del youtube el otro día. Oh aparatos electrónicos  ¿Cuál es el porqué de esta determinación en volverme loca? ¡Qué misterioso fantasma hecho de pura maldad se ha adentrado en los circuitos de mi celular! Conmocionada me quedé un momento sentada en la arena, desnuda. Cómo el adolescente de ese famoso cuadro del romanticismo, de Delacroix. El hombre tiene derecho a su imagen. Yo vi la mia entrar en el mar y reflejarse bajo la espuma. Era la imagen de un Javier Cámara fondón y calvo. Reloj te suplico no marques las horas, reloj voy a enloquecer.

Me iré al mar con mi soledad: gorda pálida sola,  y nadando con torpeza poemas nuevos iré a buscar. En la tierra a nadie querré, nadie me querrá.

No quiero ser pesada. De verdad. Os dejo con los chicos.

Rose Kennedy.

                                                   Un café detrás de otro


UNA MAÑANA DE PRIMERO DE BUP, antes de ir al instituto, me tomé mi primer café. “El café engorda menos que el Nesquik”, dije. Mi madre me miró y me dijo “Tú eres tonto” y le dio un sorbo a un tazón lleno hasta arriba de café negro con sacarina y All Bran de Kellogg’s.
Me aficioné al café. Tomaba café por la mañana, tomaba café al medio día y tomaba café por la tardes. Por las tardes el café era una excusa perfecta para salir de la habitación y no hacer los deberes. Antes de un examen me iba a dormir pronto sin saberme nada, y me despertaba temprano con una taza enorme y amarga de café negro y frio que había dejado junto a la mesilla de noche el día anterior.
Mis padres me dejaron solo un verano, yo tomaba café. Apenas salía, apenas estudiaba, tomaba café. La casa olía tan mal que pensaba que un perro callejero se había metido dentro, y yo venga a tomar café. El olor era tan fuerte que una noche soñé que jugaba con él y que se llamaba Pulgas. Mis padres adelantaron en un día su regreso de vacaciones. Se encontraron la casa llena de tazas de café, tazas vacías y tazas llenas de cafés perdidos, abandonados, que acumulaban moho.
Mi padre me echó la bronca, mi madre se puso a llorar.
————–
ME PONE NERVIOSO el café de los bares de ahora que te sirven con una galletita, ese que el camarero te echa tirando la espuma de la leche con impostado refinamiento. “No me eche espuma caballero que esto es El Clot, no la plaza de San Marcos”, dan ganas de decirle. Está bueno, lo acepto, es un sabor calculado, agradable y artificial, como el de los sanwiches “Rodilla”. Ese rollo. Para cada día prefiero el café malo. Como los cafés de la cafetería del metro, que tiraban a la barra aquellos dos gemelos culturistas a los que durante unos años vi cada día. Cafés que huelen a aceite frito y a la grasa del jamón. ¿Recuerdas el café de filtro sucio de la facultad? en vaso largo de café, siempre largo, muy largo, con ese sabor a ceniza y fregadero. Nos pasábamos las tardes hablando, tomábamos nuestro último café a las ocho de la noche cuando cerraba el periódico -“quiero estudiar por la noche” decíamos cómo excusa, cuando en realidad lo que pasaba es que no queríamos separarnos, bueno, yo no quería separarme de él –. Después de acompañarle todo lo que podía, sentía de camino a casa esa excitación en mi cuerpo artificialmente despierto, esa falsa energía de las tardes de primavera, los golpes del corazón. Después de separarnos, no podía fijar la atención en nada, quería encontrármelo otra vez, lo cotidiano me resultaba insoportable y me daba ansiedad. Cada vez cogía un autobús diferente, andaba por la periferia, atravesando autopistas, dando largas caminatas, me perdía en la ciudad, compraba cosas, mandaba SMSs, me metía en las tiendas y en los quioscos, evitando a toda costa llegar a casa. Todo por salir un momento de la vida cotidiana y de sus límites. El café, los nervios, el ansia de una vida diferente. Hace unos meses nos vimos, quedamos a las ocho de la mañana en una cafetería de la calle San Bernardo. Pasamos el día juntos como hace mucho que no hacíamos. Nos metimos en Nebraska a esperar su entrevista de trabajo, resguardándonos del frío y tomando cafés.
(Anónimo)

Un café

A veces llegaba sin desayunar para poder servirme un café nada más llegar, el de ahí salía muy bueno. Bueno, en realidad llegaba, lo preparaba todo (luces, caja…) y cuando estaba lista me relajaba y me ponía un café, un café largo con un poco de leche, muy caliente. La pasta la tomaba más tarde.
Las señoras (y señores) me felicitaban muchas veces por lo bueno que me salía el café “es que este café es muy bueno” les decía yo, “y las manos, las manos son muy importantes “me halagaban.
Era lo que más me gustaba preparar, el café. Y tras decir esto se queda pensativa.
El día que me dijeron que me tenía que ir lloré mucho. Salí de la reunión y una lágrima que aguardaba desde hacía rató se atrevió a salir, después de aquella lágrima vino otra y otra y otra. Comencé a caminar sin rumbo, llamaba por teléfono y colgaba, no me apetecía hablar pero luego volvía a llamar. Y venga llorar y sonarme y llamar. Lloraba tanto, que me vino aquella especie de hipo que me venía siempre que lloraba cuando era pequeña.
¡Cuánto lloré! Me acuerdo que entré en un estanco y tooooooodos los esfuerzos por dejar de fumar, a la puñeta. Ese día volví a fumar, y lloré, lloré mucho. Entonces piensa que lloré rima con café.
El último día de trabajo fue muy raro. Parecía incluso que algunos clientes a los que hacía tiempo que no veía se hubiesen enterado por arte de magia y me hubieran venido a despedir para tomarse el último café que yo les serviría.
A media tarde mi jefe me dijo que estaba exenta de trabajar, que hoy puedes hacer lo que quieras. Pero yo quería trabajar. Terminaba mi día a día al que me había acostumbrado, con mis compañeros y con los clientes, terminaban las luces, los lavabos, las bromas, las risas y las broncas. Terminaba un ciclo, un ciclo que había intentado alargar al máximo. Sabía que aquello no era para siempre. Como si se tratase de una pared que cada vez se acercaba más a mi para quitarme espacio, yo la aguantaba con las dos manos y con todo el cuerpo hacía fuerza, la pared avanzaba y mis pies se arrastraban al ritmo del tiempo, el tiempo que pasé allí, y que tenía que acabar para obligarme a tomar decisiones que al contrario del café, todavía no he tomado.

Hoy ha hecho una visita al lugar que durante dos años ocupó su rutina. Ya no hay cafetera, hay una máquina de café que funciona con monedas. Un compañero de trabajo le ha dicho que ese café es muy bueno. Ella ha pensado que si, que la marca es buena, pero que a la máquina no le puedes pedir si quieres la leche caliente, o si el cortado lo quieres manchado o con mucha leche, y tampoco le puedes explicar que cuando eras pequeña viste desde la ventana del internado, en camisón, como Machín tocaba en la plaza la de Dos gardenias para ti. Entonces ha bajado la cabeza y ha dicho sin que nadie la escuche la vida, a veces, es más amarga que el café.

Anna

presentación

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Vuestra pantalla está apagada. 

Sólo hay un piloto en una esquina que indica que la máquina piensa y vive. Cero, uno, cero, uno, cero, uno. Cómo un tic tac insoportable.

Los píxeles se activan y la pantalla pasa del negro al blanco: en lugar del logo del fabricante es mi rostro en primer plano el que os mira.

El rostro de Rose Kennedy, cómo recién salida de un Polstergeist.

Esbozo una sonrisa, siguiéndoos con la mirada, maternal, religiosa, agradecida; venida de algún cielo. Soy la china de Blade Runner. Imaginad ahora abrirse el plano, lentamente, lentamente, lentamente. Hasta ver mi figura completa de pie en un jardín. Hace un día maravilloso y llevo una túnica clara, de algodón.

Entonces os sonrío. Y cómo una predicadora texana extiendo las manos hacia vosotros…

“Soy  Rose, vuestra amiga, y tengo el inmenso honor de presentaros el blog “Temario13”.

Quizás alguna vez os haya contado que, cuando eran pequeños, Joe y yo solíamos dar a nuestros hijos cartas con un tema que ellos debían desarrollar a la hora de la cena. He sentido una inmensa nostalgia de aquellos días, de aquellas cenas, del encuentro alrededor de un sujeto de debate. Antes pensábamos mucho, ahora sentimos mucho – dijo Margaret Thatcher.

Cómo opositoras y examinadas de reválida quienes contribuyan a esto abordarán semanalmente un tema por algo o porque sí.

Sin más os presento el primer tema (Las madres). Deseo de todo corazón que os guste mucho.

TEMA 1: LAS MADRES

SABIDURÍA DE MADRE

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Todo son gritos cuando nos vemos, es inevitable. Cada vez que sé que la voy a ver pienso “me callaré, hoy no me rebotaré”. Imposible. Es más difícil eso que dejar de fumar.

Me irrita. A veces le pido un consejo, por aquello de la sabiduría de madre, y me suelta la tontería más inimaginable. Otras veces, sin que yo le haya preguntado previamente por mi aspecto, me dice que tengo pinta de sucia, que me arregle, mira que ets elegant… Me irrita.

Cuando le dije que me iba de casa hizo como si nada, aparentó pose de indiferencia y solamente pronunció las palabras “me da igual”, de fondo se escuchó un tin tin tin que iba de eco. Al día siguiente empezó a llorar, se metía conmigo y enfadada me decía que por qué me tenía que ir.

No hace más que hablar de su nieta, igual me río, igual pienso “que se calle ya”. No tiene criterio para contar las cosas, te puede contar algo interesante o divertido como te puede contar el argumento de pe a pa del peliculón de antena3.

Me da soluciones fantásticas para salir de mi precaria situación económica, ahora se le ha metido en la cabeza que tengo que montar un Área Guissona (franquicia de charcutería), “que da igual si no tienes dinero, ellos te ayudan”. Me pregunto quién debe ser el referente de ellos en su cabeza.
Hoy me ha llamado para darme otra idea: un curso de someliere, que ha escuchado en la radio que un chico, por cosas de la vida terminó de someliere y, mira, ha estado hasta en Japón.

La sabiduría de mi madre no es sabiduría de madre, es otra cosa.
Un día escuchamos por la tele como la Pantoja decía “no cambiaría nada de mi vida, ni los errores, porque he aprendido mucho de ellos”, ahí saltó mi madre y le contestó “¡entonces de que te ha servido aprender!”. Ojalá la Pantoja la hubiese escuchado…
Otra vez me vino y, después de concretar que Chavela Vargas había sido alcohólica, me contó que la Vargas decía que no se arrepentía de nada, de nada, de nada de lo que había hecho, y con el tono que ponía cuando me lo contaba parecía que me lo explicase para que tomara ejemplo. Y no lo parecía: esa es la sabiduría de mi madre, que sabe quién son los buenos y quién los malos, sabe de quién te puedes fiar. Y sabe que no sabe, que nadie sabe, lo que está bien y lo que está mal.

(Anna TV)

LA HABITACIÓN DE MAMÁ

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Mamá vive en un mundo intimista. Un mundo pequeño que es el ámbito de la familia. Mamá y las otras mamás quedan a tomar café, hablan de sus maridos, debaten de sus asuntos. Cuando se encuentran en el barrio intercambian  noticias sobre compañeros del colegio que casi he olvidado: “hace un doctorado en Bostón”, “ha tenido un niño”, “trabaja en una empresa importante”,  “está muy guapa”.

Por fin ha llegado la calma. Pasaron los ansiolíticos, las madrugadas de autobuses y las tardes de lavadoras. Pasaron los años de encerrar dentro de ella la entropía de un cuerpo en explosión, la violencia de nuestro crecimiento y el conflicto de nuestra casa.

Cuando el deterioro le sobrevino, mamá estaba acostumbrada a las batallas con su cuerpo. La guerra del peso duró décadas. Sus nuevas dolencias son diferentes, rebeldes incontrolables. Avanzan poco a poco, toman posiciones, reculan. Pero avanzan. Cómo un general armado por la química, cada día mamá organiza la resistencia. Se batió toda su vida por centímetros de cintura, ahora resiste por minutos de salud. A veces gana, otras pierde. Por eso la vida y mamá están cada mañana más unidas. La vida y su finitud.

Mamá decidió arreglar una habitación para pasar en ella su madurez, un lugar apacible donde ver seriales de televisión, tomar infusiones, fijar citas no urgentes y leer biografías de monarcas. Allí tiene un balcón lleno de flores.

Antes solíamos gritarle porque no nos gustaba nuestra ropa, hacerla culpable de nuestros problemas. Ahora nos descubrimos hablándole con cuidado, como si nuestra madre fuese un bien escaso.

Dejé a mamá en su balcón con sus macetas, cambiaba la tierra, echaba abono y preparaba con mimo los nutrientes que necesitará la anciana que algún día llegará a ser.

Dejé a mamá en su balcón transformándose poco a poco en una de sus flores.

(electroduendes)