EL COMIENZO

Vuelve Temario13, esta vez con la colaboración de Adela Corominas y Marisa Pareces, que como deduciréis -sobre todo en el relato de Adela- hablan sobre El Comienzo. Podéis empezar a leer.

 

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Escarlata O’Hara

Era la cantinela de mi madre a los 16 años. Lo tienes todo muy fácil. Todo era tan fácil que no tenía nada, nada por lo que luchar, nada que demostrar. Todas las decisiones estaban tomadas de antemano. Mi vida de adolescente era una habitación amueblada y confortable: iría a la universidad, sacaría el carnet de conducir. Yo era el aire en una habitación vacía.

“Sois la generación de la opulencia” Nos acusaba aquella profesora de historia que vendía libros marxistas los domingos, como si fuese culpa mía que mis padres se acabasen de mudar de un piso a un adosado.

Yo vivía en una gran ciudad en la que cada año había edificios nuevos, tiendas nuevas, centros comerciales nuevos y ropa nueva de marcas nuevas. Descubría Europa, iba a la playa, tenía amigos del primer mundo y amantes del primer mundo. Algunos de ellos me decían ‘tu problema es que no sabes lo que quieres’, otros no sabían lo que querían y la mayoria no me querían.

Siempre se me dio mejor gastar dinero que ganarlo, cosa que hacía gracias a un trabajo cualificado en el sector servicios. Un trabajo del que me quejaba, porque yo merecía algo mejor, hasta que un buen día todo el mundo se quedó sin trabajo y ya conocen ustedes la historia.

Al poco tiempo de estar por primera vez en el paro vi una película de Jennifer Anniston en la que a una chica de buena familia le echan del trabajo y su novio formal la abandona por su mejor amiga. Su mundo de pija americana se viene abajo, pero al final de la peli se lía con un tipo raro, su vecino en un humilde apartamento de Brooklin, que es muy neurótico, pero gracioso y encantador. A mi no me pasó eso, empecé a ser demasiado vieja para películas que nunca empezaron. Tengo 36 años y he vuelto a casa de mi madre.

Con motivo de mi regreso al hogar familiar mi prima, que hace una revista online de crítica cultural, escribió un texto sobre mi contándole mi vida a todo Dios. ‘Treintañera a la deriva’: esa soy yo, el testimonio de un drama nacional, generacional, social. El artículo hablaba de jóvenes que dejan de serlo esperando su oportunidad, con carrera, másters, la cartilla a cero y ninguna oportunidad laboral. Una generación engañada empujada a la precariedad permanente, decía mi prima citando a un sociólogo. La gente comparte mi vida por el Facebook y os aseguro que no es agradable. Los amigos de mis amigos, menudos gilipollas, opinan sobre mi, me critican, me defienden, que critiquen a mi prima.

Mi madre y yo hemos acabado de comer arroz con pollo, quito la mesa. Mi madre se sienta frente al televisor en su sillón abatible que tan caro le costó, y critica al partido que ha votado toda su vida. Se hace mayor y tiene cosas de Chus Lampreave. Con un golpe de nuca, inclina su respaldo 45 grados. Minutos después está dormida y resopla.

En la habitación deshago mi maleta, pero no del todo, solo lo necesario, dejo muchas cajas cerradas. Mis libros, mi vida, mis viejos CDs de hace 15 años, se quedarán guardados esperando un lugar propio.  Me tumbo en la cama de mi infancia, en la que lo hice con mi primer novio. Lo único que ha cambiado es mi cuerpo y quiero creer que tampoco demasiado, tengo más talla de pantalón pero también de sujetador. No tengo muchas arrugas ni aspecto de madre que hace bocadillos de foie gras.

Sigo siendo yo, en esa habitación, sigo sin tener nada, y esa nada se hace inmensa, absoluta, y me llena del todo de un gran vacío. Mi nada gaseosa de historias sin contar, yo soy un monje.

Me aburro tumbada en ese agujero, planeo bajar a la calle a caminar por el barrio que vuelve a ser mi barrio. Veré un poco después a mis amigos. Cierro los ojos y, sumergida, salgo de la habitación, avanzo por el pasillo a oscuras, paso las puertas tras las que ya no duermen mis hermanos.  Atravieso el salón, bajo al portal y camino por Barcelona. Subo calle arriba, por las calles iguales en esta tarde de un día laborable, una tarde en la que empieza a hacer calor o frio. Me cruzo con unos jóvenes Erasmus que hablan, ellos tampoco son nadie. Nadie es nadie en Barcelona. Al verles, sin motivo me sobrecojo, me encojo. Tinc ganes de plorar.

Travessera de Gràcia. Subo por las calles que descendí hace muchos años, estoy de nuevo en la plaza del Diamante, donde le conocí, me llama Colometa. Una gorda africana vestida con una larga túnica de colores canta en un idioma que no entiendo.Entonces dice en francés, ‘al final del camino, las cosas van a cambiar’ y entra en un éxtasis tribal gritando ‘El hombre no conoce su destino! Nadie puede nada!’.

Permanezco un rato sentada, la gente entra y sale de alli, circula, vive en una ciudad de verdad. Todo es real. Me siento profundamente parte de todo, yo misma soy la circulación de gente, yo misma soy, carne, ligamentos, dentro de mis venas, en mi hígado, en los vasos sanguíneos.

Abro los ojos. Tras la ventana se hace de noche, tengo un sabor en la boca a chicle de menta. Se arremolina una multitud de historias que escribir, pequeños trabajitos, obligaciones, ratoncitos, piedrecitas, mucho por hacer. Estoy de repente ocupada. Siento una canción sin música aun en la parte de atrás de mi cerebro, una melodía sin notas.

Mis amigos me están esperando, mis amigos de todo corazón. Mis amigos me están esperando, mis amigos de todo corazón. Nuestra amistad curtida, sobre la que ha llovido, y nevado y helado. Nuestra amistad de siempre. Escrita en piedra.

No. No se me puede llevar el viento.

 

                                                                                                                                                  Adela Corominas

 

 

 

Comienzo a hacerme vieja

Parece ser que no empieza, quizá lo han cancelado y no me he enterado. He venido sola y no sé a quién preguntar. Esto tiene pinta de que tiene que empezar. Pero no empieza. Se acerca la hora del comienzo pero no veo que llegue. Quizá problemas técnicos, o asuntos personales de los artistas.
Esto no empieza y, mientras no empieza, estoy aquí perdiendo el tiempo, esperando a que empiece.
Mi padre va a mirar una cosa concreta, mi perro se hace viejo, mis hermanas se hacen madres y mi madre se va de viaje. ¿Y si nunca empieza? Me haré vieja, en una butaca de segunda, esperando a ver si esto comienza.

 

                                                                                                                                                             Marisa Pareces

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