TEMA 7: LA DISTANCIA

A lo lejos

A lo lejos se ve la torre de televisión, lo que significa que está cerca, no todo el mundo puede verla desde su cocina.

La pared que queda a la izquierda, cerca, está iluminada por una luz rojiza, viene del cielo, que es inmenso. El cielo cambia de color, de rojo ha pasado a azul, y antes estaba gris. Un poco como las personas por dentro, que cambiamos de color según el momento, y de opinión, y también cambiamos lo que sentimos.

Está muy cerca de lo que ahora queda muy muy lejos, se agolpan los recuerdos pam, pam, pam casi constantemente. Así es la vida, ya se sabe. Nada sale como uno quiere nunca, a veces sale mejor, pero no como uno quiere.

Hoy tiene un día un poco negro, quizá es porque ayer fue bastante rojo todo. Este verano es de muchos colores: verde, azul, amarillo, le gustaría que hubiese un poquito más de blanco, y de azul marino, el que abunda es el azul cielo.

Con la distancia, la nostalgia es tan fuerte que quema. Los recuerdos queman más que nunca. El anhelo de algo que ha pasado como si estuviera a punto de llegar.

Se siente farsante y arrogante cuando habla de ella en tercera persona, y llega a la conclusión de que no podrá hacerlo muchas veces más.

A lo lejos se escucha un piano. El aire que entra por la ventana está frío. El piano suena cada vez más fuerte, evoca algo desconocido: una luz cálida, una vida tranquila y sin final. Con otro yo. Si vuelvo a nacer, esa vez lo haré bien.

(Anna TV)

Aeropuerto

El día que se marchaba no llovió en todo el día. Se sentó a esperar el avión en el lounge destartalado del aeropuerto mirando por el ventanal la selva detrás de las pistas.

Fue a pedir un café, eligió un vino.

Aquel día no llovió en todo el día. Las nubes amoratadas sujetaban dentro del pecho la emoción.

Había cuadros colgados en las paredes revestidas de madera. A su lado un chico pintaba los aviones. Parecían no pesar, ser de gas. Zepelines.

También había música en la sala. Era la primera vez que había música en la sala.

Había otro chico que se movía por el lounge como un bailarín. Le presentó con pasión sus cuadros: acrílicos de rostros africanos con tipografías de prensa que miraban a todos los viajeros que esperaban para marcharse.

Era la primera vez que organizaban aquella exposición, le dijo. Los cuadros contaban historias, el chico contaba historias, historias que empezaban el día que se marchaba.

El chico de los aviones pidió permiso para dibujarle. Lo dibujó con una gran nariz y labios gruesos. Le habló de sus estudios, de sus cuadernos escolares, de sus planes, de las próximas exposiciones. Los miró y se dio cuenta de lo jóvenes que eran: casi dos niños.

La vida continuaba, el día que se marchaba.

(Santiago O.)

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