TEMA 5: RECIBIR UNA LLAMADA, SALIR DE CASA, COMPRAR UN LÁPIZ.

by temario13

Presento a duras penas el QUINTO TEMA de TEMARIO 13 con la eterna vergüenza de haber sido incapaces de respetar la puntual cita con nuestros tres o cuatro lectores. La premisa ha sido diferente de lo habitual: desde que se ha teñido de rubio y se va con Elsa, a Anna se le ha subido el TWEE a la cabeza, así que  propuso a sus electroduendes que el texto incorporase tres elementos: recibir una llamada, salir de casa y comprar un lápiz. Hoy contamos además con La otra, una nueva colaboradora que nos escribe desde Madrid. ¡Te doy una calurosa bienvenida, amiga!

Pasen y vean el resultado.

Pasen y vean cómo una mujer les acribilla, acompáñennos en un paseo de verano por la ciudad, báñense en el mar.

De corazón esperamos que les entretenga.  Les dejo, que la sopa de cangrejo se me está enfriando.

(Rose Kennedy)

Doble o nada

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(La Otra)
SALGO DE CASA. De casa. Salgo. Porque escribir es como llorar. Muy alto. Llorar. Muy triste. Sobre el televisor. Sobre una agenda.  Sobre toda esa mierda tan bien estructurada. Huyo. De casa. Después de que me llames, y me digas. Después de que me escupas. Mentiras. Con la mina clavada. Bajo la piel. Los dedos sobre las teclas. Estos dedos, estas teclas. Los tristes dedos que me meto en mi triste hueco, ahora sobre las teclas. Antes sosteniendo un pincel, y un lápiz. De ojos. De ojeras. Dibujar el cansancio en este marco, que es espejo, que es dolor de muelas. Que es entrada y a la vez infierno. Personal. El maldito reflejo. Estúpido, sumiso y fiel. Ligado, a tu abismo. Sujeto a toda esa tinta derramada, sobre la cama. Sobre este cuaderno. Sobre mi espalda. Corro. Por la calle. Creo que vuelo, pero solo es el viento, que me muerde. Solo el recuerdo, que me mata. Un poco, solo un poco. Y entro, en una papelería. Compro. Dos lápices 2B. Siento. Que resucito. Miento.

El recado

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(Anna TV)
HOY EMPIEZA EL VERANO, y para ser principios de verano hace un calor insoportable. Se ha pasado el día llamando a distintas personas para ir a dar un paseo, no quiere quedarse en casa pero tampoco salir solo, hoy no. Caminaría sin rumbo durante un cuarto de hora y después volvería a su casa, aburrido. Está sentado en el sofá esperando que la vida de un vuelco. Coge el teléfono una vez más, lo mira e intenta recordar a quién no ha llamado, alguien tiene que haber que pueda quedar. Suena el aparato, ahí esta, se dice. Al responder Jaime le dice que acaba de ver su llamada, estaba en el curro y tenía el móvil guardado, ¿qué pasa?, le dice. De golpe siente una extraña vergüenza para decirle a Jaime que quiere salir a pasear o a tomar unas cañas. Así que inventa una excusa, tengo que hacer un recado y me da un poco de pereza, ¿me acompañas?, Jaime asiente y se citan en la mitad de camino entre su casa y la de Jaime, a unos diez minutos.

Coge las llaves y sale de casa. Jaime espera en el punto de encuentro, ¿qué tal, tío?, se saludan. Bueno, dime, ¿qué recado tienes que hacer? Como la pregunta le pilla desprevenido, había olvidado por completo lo del recado, inventa lo primero que pasa por su cabeza al ver en frente de ellos una papelería. Tengo que comprar un lápiz, le dice. ¿Un lápiz?, Jaime se extraña y piensa que su amigo nunca dejará de ser raro, y su amigo nota, molesto, que Jaime piensa que es raro. Si, es que, bueno… si, tengo que comprar un lápiz y no sé muy bien, para dibujar, ¿verdad que hay distintos tipos de lápiz?, le dice. ¿Pero desde cuándo dibujas tu?, le pregunta Jaime. No, no dibujo, es que tengo que hacer un dibujo para una cosa. La conversación se enreda cada vez más, y cada vez más Jaime piensa que su amigo es muy raro, y su amigo se siente avergonzado. ¿Por qué coño me tengo que comportar como un puto extraterrestre?

Una vez en la librería, la dependienta les atiende y él pide un bolígrafo negro. Jaime no entiende nada. Al salir, Jaime le propone de ir a sentarse en una terracita, a ver si hay suerte y encontramos sitio, que la cosa con este calor está complicada.

Correspondencia

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(los electroduendes)
SE HA LEVANTADO TEMPRANO, hoy hace sol: desde que no va a la escuela, los sábados son iguales que el resto de los días.

« Tu madre ha llamado: no ha conseguido el dinero para enviarte al colegio este año », le dijo la abuela meses atrás. Cedric aceptó este hecho con resignación. A sus 18 años tiene tiempo para todo. “El año que viene, tal vez”.

La abuela está cansada y no tiene ya los medios que tenía. El otro día una señora la paró por la calle: “¡Ay! ¡Tu abuela niño ha llevado mal su vida! Desde que se enganchó de ese hombre se volvió ciega, todo lo que le pedía se lo daba: cien mil, doscientos mil… ¡todo! ella no podía negárselo.  Perdona que te lo diga niño, lo que era tu abuela cuando todavía tenía su bar. Cuando la fábrica cervecera venía repartiendo el rappel de ventas a final de año, no era poco lo que le daban ¿Sabes? Un millón, dos millones. Y lo perdió todo. Era un gran bar, grandísimo, no ha vuelto a haber en la ciudad un bar tan importante como el de tu abuela.”

Cedric se lava, se viste y se cepilla los dientes. Pondría la televisión y vería DVD – de dibujos japoneses, de luchadores chinos, de raperos marfileños – pero hace más de una semana que no hay corriente en el pueblo. Un camión se salió de la carretera y tiró un poste de la luz.
Sale al cruce donde un enjambre de adolescentes nerviosos le rodea. Niños que corren de un lado para otro, suben a los árboles, cogen cocos, paran motocicletas, hacen señales a los coches. El pueblo tiene hoy una inusual actividad: comienza la temporada alta, es fin de semana, y mucha gente vendrá a bañarse a la playa.

Cedric se confunde entre la muchedumbre de jóvenes y corre.

Tonton Luc tiene clientes en su chiringuito. Un importante director vendrá a pasar el día allí: ha encargado pescado, gambas, y langosta para doce personas.

En la cocina de su tío, Cédric limpia las escamas del pescado, fríe atentamente las patatas y el plátano, prepara la salsa, recoge cubos de agua del mar.

Sus primas mayores suplican a Tontón Luc que las deje venir a la playa cada vez que tiene clientes. Siempre vienen con mini shorts y escotes. Son ellas las encargadas de servir las mesas.

“¿Por qué no hablas nunca, Cedric?” – le dice una de sus primas. Cedric se encoge de hombros.

Los clientes llegan acompañados de sus amigas africanas. « Que pelo tan bonito tiene esa, es un postizo brasileño de pelo natural seguro». Le dice una de sus primas a la otra, mientras machacan pimientos. Cedric las escucha callado fregando una bandeja.

Desde el rincón los mira comer, reírse, chapotear entre las olas y pasárselo bien. Brindan con vino y cantan canciones francesas. Ellas ríen las gracias de sus amigos. Algunas parejas se alejan a pasear por la playa, se abrazan y se besan. Él los mira, como un DVD.

Cae la tarde y Tonton Luc despide al director y a su delegación de flamantes Toyota Prado con una reverencia de respeto.  Recoge los cacharros y reparte las propinas entre los chicos. Es la hora de volver a casa, de lavarse, de ir al bar; el día termina.

Cedric debería haberse ido a su casa, debería haberse lavado, debería haber salido al cruce y visto a sus amigos y con ellos debería haber ido a la playa a fumar porros, con canciones de Rihanna saliendo de un móvil viejo. Pero no lo hizo. Sus primas le hicieron volver a la playa para recoger una cacerola que se había perdido.

Y allí se la encontró, sentada en la arena.

Era una señora occidental con el cabello dentro de un turbante. Llevaba un traje de baño negro con perlas y brillantes. Iba muy maquillada: tenía una boca sensual dibujada con carmín rojo en unos labios que la edad desdibujaba. Morena y llena de joyas: joyas enormes, collares, pendientes, anillos, perlas y sortijas de oro. Sostenía un gran cigarro y miraba al mar metálico. La marea estaba subiendo.
Sin querer que se diese cuenta de su presencia, cogió la cacerola y se apresuró a irse.

–    “Joven” la oyó pero hizo como que no había oído nada. Ella insistió: “disculpa joven”. No tuvo más remedio que contestar.
–    “¿Si, señora?”, dijo él, como si le hubieran pillado robando.
–    “¿Tienes fuego?”.
Cedric se acercó y, con las cerillas de Tonton Luc, ayudó a la señora a encenderse lo que a él le pareció un cigarro muy grande. Ella le dio las gracias.

–     “¿Cómo te llamas?”
–    “Me llamo Cedric”
–    “Qué nombre tan bonito. ¿Qué edad tienes?”, hablaba lentamente y con aplomo.
–    “Dieciocho años. Este año cumpliré diecinueve.”
–     “Una edad maravillosa.” “¿Trabajas?”
–    “Ayudo a mi tío. La mamá no ha encontrado el dinero para enviarme al colegio”.
La señora lo miró atentamente, sorbió su cigarro y le dijo:

–    “Mi madre tampoco pudo darme mucha escuela. Con 18 años también me ganaba la vida. Gané un concurso y me hice artista.”

Artista. La blanca era artista. No cabía duda de que Cedric estaba ante uno de sus DVDs.

–    “¿Hacía películas?”, preguntó.
–    “Películas maravillosas, teatro. No sabía leer. Aprendí a tu edad. Las primeras letras me las enseñó un gran dramaturgo.”
Cedric sonrió. La observaba hablar y fumar. Nunca había conocido a nadie así.
–    “¿Te ha comido la lengua el gato?”, Se rió ella. “Cuando se es joven, hay que querer ser algo en la vida. Yo eso lo tuve muy claro siempre,  tonta no he sido.” Sentenció y exhaló una nube de humo blanco.
Cedric se encogió de hombros y le sonrió.
–    “A mí también me gustan las películas. Pero es que hace mucho que no hay luz y no las puedo ver.”
–    “Muchacho, pues si no puedes ver películas te las inventas. A tu edad se inventa uno muchísimas cosas. Todo. A tu edad se inventa todo.”
Cedric la miró y le dijo “tiene razón.”
–    “Por favor, ayúdame a meterme en el agua, quiero darme un baño. Me dejo los cigarros ahí, guárdatelos. No te los fumes, guárdatelos. Te dejo también un lápiz. No me voy a meter en el agua con él. Es un lápiz de ojos que me he traído para pintarme. Así al ver el lápiz te acuerdas de escribirme. Me gustará saber qué tal te va.”

Entonces extendió la mano hacia Cedric cómo si fuese el primer bailarín de su espectáculo  y le desenrolló 5 000 francos. “Una pequeña propina, por tu ayuda”

–     “Es usted muy guapa, señora”, dijo él, agarrándole la mano, como un enfermero, y acompañándola al agua.
–    “Muchas gracias”, dijo ella coquetamente, “¿ves cómo eres un galán?”
–    “Aún no me ha dicho como se llama”, preguntó Cedric.

Ella se lo dijo al oído.

Avanzaron hacia el mar. Cedric se volvió a mirarla otra vez. Dentro del agua esa mujer era increíblemente hermosa, una fuerza de la naturaleza. Entonces, hizo lo que nunca antes había hecho con una chica: besarla. Pausada y firmemente, agarrándola por la cintura: él era un galán. El galán de una DVD. Besarla era su deber, un imperativo interior. Lo que tocaba en este punto de la película.

Se besaron apasionadamente hasta que ella dio suavemente el beso por finalizado. Con dramatismo de estrella le dijo “ahora debo irme. Encantada de conocerte, Cedric”. Le besó en la mejilla y empezó a correr mar adentro hasta sumergirse en el agua.
Cedric nadó tras ella, pero las olas le tiraron. Desde la orilla la siguió con la mirada. En el momento en que el sol se ocultaba del todo la perdió de vista. La esperó un buen rato. Salieron las estrellas. Se nubló. Empezó la lluvia y el viento. La tormenta lo empapó un rato largo sentado en la arena.

Al amanecer, un pescador lo encontró dormido. Ese día Cedric cayó enfermo.  Pasó una semana en la cama con mucha fiebre y mucha tristeza.
Su abuela rezó día y noche.

En aquella época yo daba un cursillo para chicos sin empleo. Un día, el inocente y callado Cedric vino a clase con un sobre dirigido a una vieja estrella española. Me pareció curioso, pero en Camerún cosas más raras he visto. Cogí la carta y la trasmití a la embajada. Allí me dijeron que Correos dispone de apartados específicos para  admiradores de grandes personalidades.

Cedric me traía siempre su correspondencia y yo la trasmitía. Entre un español básico y un francés lleno de faltas escribió una segunda carta, luego una poesía (que me hizo revisar). Escribió. Escribió lo que no decía nunca. Lo que nadie le contaba y lo que no tenía a quien contar. Cada día, después de la playa, escribía para la señora las cosas que le pasaban o le interesaban, y cuando dejaron de pasarle cosas, se las empezó a inventar, porque se puede inventar todo.

Cedric se inventaba historias y las historias se inventaban a Cedric.

El océano no tiene límites pero la ciudad es pequeña.  Las cosas que contar se le terminaron pronto. Entonces Cedric se inventó que no se quedaba en la playa, que acababa los estudios secundarios, que cogía un autobús, que salía del país… Se inventó aventuras en N’Djamena y que pescaba con los Susu del puerto de Conackry. Se inventó que se cruzaría con alguien en la barra de un hotel de Abiyán.

Y una noche dentro de unos años, lejos, estará viendo en un canal español una película mexicana en blanco y negro.
Reconocerá a la mujer de la playa, cantando en blanco y negro en la pantalla.  Al verla, se pondrá muy enfermo y sabrá que tiene que irse inmediatamente al mar. Los vecinos le preguntarán “¿Por qué?”.

Y él, con la serenidad en la que se habrá convertido la inocencia, sonreirá. “Ella tiene ganas de fumar”, dirá.

Epílogo

En las costas del Africa Occidental abundan las leyendas de mujeres que viven en el mar y guían a los pescadores. En Camerún se llaman Mammy Wattas. Son mujeres hermosas y celosas, pueden colmar de regalos a los hombres a los que protegen de las mareas y con los que establecen una relación de por vida. Antiguamente se las veía en la playa o sobre las rocas al atardecer, ahora, con las plataformas de petróleo y los hoteles, las Mammy Wattas se han ido lejos. Así es cómo los pueblos costeros de Camerún perdieron poco a poco las bases místicas de su civilización.

Ya nada impide entrar a los barcos de pesca chinos que esquilman de peces el mar, ni frena a las olas que devoran las playas.

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