TEMA 4: LAS RESACAS

by temario13

Rose me ha cedido la amable y difícil tarea de presentar el tema de hoy, de esta semana o de esta vez, lo que sea.

Es sábado por la mañana y no tengo resaca, hace dos meses que no pruebo una gota de alcohol.

Resaca, que no te echo de menos,

Resaca, que estás en todos los edificios de esta ciudad (y de la otra)

Resaca inesperada, cuando ayer sólo salí a tomar un café y hoy me veo a las 10 de la mañana esperando el momento idóneo para volver a casa

Resaca, no puedo dejar de sudar

Resaca, tengo hambre y ganas de devolver

Resaca, te necesito para escribir con lucidez.

Os dejo con la resaca, que la disfrutéis.

(Imperio, Rose no bebe)

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Ciencia Ficción

(Anna TV)

No tengo ganas de levantarme, no tengo ganas de quedarme en la cama, no tengo ganas de hacer nada. Me incorporo y, cuando los objetos de mi habitación dejan de dar vueltas, me pongo en pie, me sentará mejor que seguir tumbada y conseguir que el dolor de cabeza se evapore por arte de magia.

El café se hace lentamente. Por no apetecer, no me apetece ni fumar. Me enciendo un cigarro, creo que todavía estoy borracha, mis pensamientos son excesivamente lúcidos y hay algo de falsa alegría en mi interior.

El tabaco, asqueroso, aumenta levemente mi dolor de cabeza. Me tomo un ibuprofeno y bebo tres vasos de agua, que me dejan el estómago un poco revuelto. El primer sorbo de café es desagradable, pero es agradable estar despierta a las 12 del mediodía aunque ayer saliera hasta las tantas, es agradable estar fumando y tomando café como si hoy fuera una mañana más. Hoy es una mañana más, las resacas se han convertido en algo tan habitual que los día que no tengo me siento un poco extraña, con demasiadas cosas en las que pensar.

Me ducho, me visto con lo primero que pillo y salgo a pasear, hace un día espectacular. Bajo al centro, comeré con algún amigo y antes de quedar con él caminaré por las calles del casco antiguo. Me meteré en las tiendas sin ánimo de comprar, sólo para ver cosas que me distraigan, cosas que me hagan sentir en comunión con el resto de los habitantes, cosas que me hagan creer que tengo un buen día, que hoy no es un día más tirado a la basura. Y no lo es.

Hoy es viernes y hace sol. Como con Pepito, pedimos vino para acompañar la comida, al tercer vaso ya casi no siento esa culpabilidad absurda que no consigo saber de dónde sale, que no tiene explicación lógica, que no puedo argumentar, que me acompaña en todas y cada una de mis resacas. Si no fuera por este sentimiento de culpabilidad mi vida sería mucho mejor.

Después del postre pedimos un orujo, me siento tan bien que no consigo comprender cómo es posible que hace apenas una hora hubiese un sentimiento oscuro dentro de mi.

 

Las horas de la tarde pasan amablemente a nuestro lado. Vamos de un sitio a otro y cada vez somos más, hemos llamado a algunos amigos y se han unido a nuestra tarde de viernes y a nuestras risas. La tarde ha devenido en noche, otra noche que pasará inadvertida, otra noche que no recordaré.

Somos muchos, el bar está animado, miro a Pepito y siento que lo quiero con toda mi alma, lo abrazo, le digo que le quiero, que es el mejor amigo que he tenido en toda mi vida, le doy un beso en la mejilla. Benditos viernes sin trabajo, benditos amigos, bendito vodka, bendita vida, benditas resacas, la que voy a tener mañana.

¡Ay de mi!

(Los electroduendes)

Desde que cumplí 30 las mañanas de sueño no duran lo que duraban. Cada vez que bebo me despierto temprano con un dolor de cabeza intenso, torturada, cómo si un clavo gordísimo se me clavase en la cabeza. Naaaang. Mis resacas insomnes me hacen prisionera política en la China Popular.  Naaaang.

Desde las seis de la mañana doy vueltas en la cama, sudando. Exudo todo un poemario, una elegía insoportable de tragedias de niña bien.

¡Ay de mi!

El estudiante cerdo que vive al fondo del pasillo se ha ido a su pueblo. Sola en casa. He dormido otra vez sola. Llevo 5 años durmiendo sola – ¿por qué te deje?, ¿por qué no me quisiste?, ¿por qué nunca logramos que funcionara?

¿Por qué no sé querer a nadie?

La resaca me arrastra al interior de la ola, la corriente me sumerge en la evidencia de mi declive. Me hundo en mis sábanas sucias y empapadas, me cuelo por una cloaca. Agazapada, golpeo una portezuela, allí están Silke y Candela, que me conducen hasta un lugar donde la mujer taciturna y fracasada en la que me estoy convirtiendo se pelea con un funcionario de banca, con un revisor del metro y con una directora de recursos humanos (por ese orden).

Ese trabajo, vaya mierda de trabajo, vaya mierda de condiciones, me alejé de todo aquello que siempre quise ser, me convertí en una fracasada.

En silla de ruedas, mis resacas me pasean por lo más sucio de Barcelona, escaparate dónde siempre es de noche. Emergen de la sombra otros zombies modernos del Raval, purgatorio electrónico de nunca llegar a nada. Cómo yo, deambulan por Elisabets almas varadas en el Sónar de 2000.

Imploro a mi resaca por tener noticias de los hijos que creo que nunca tendré, les amamanto y me muerden el pecho, criaturas repugnantes. Son lagartos. Sangro cómo una cerda, sangro, sangro, sangro, y todo el cuarto se inunda – desangrada en su resaca, se suicida con el butano, la muy cerda, la guarra del quinto – la gente habla de mi estando yo muerta y yo me digo, quiero escucharlo, a ver qué dicen, enciendo Antena 3 y es todo de una fealdad insoportable.

Qué dolor de barriga.

Qué ganas de vomitar.

Me toquetean seres del inframundo que hablan con acento extremeño, lo mejor que tendré, seres pequeñitos a los que pido que me quieran y que me consuelen.

¡Os lo pido por favor, tengo mucha resaca!

Me paseo por la casa como un espectro tuberculoso, en círculos, el corazón me late muy fuerte y oigo una canción horrorosa de Merche a todo volumen por dentro de mi cerebro que me pone el alma de punta y al afilador por fuera del balcón. Afila el clavo que tengo dentro de los sesos. Tengo nauseas, recibo una descarga, me conecto por telepatía con todos los momentos en mi vida en que he hecho algo mal, entre ellos:

El día que pegué a una niña de mi colegio que era retrasada mental.

El día que engañé a aquella familia de Palencia para cumplir el objetivo de ventas.

El día que te esperaba desnuda en tu habitación, entraste y me dijiste que me vistiese y que me fuera.

Vuelvo a la cama. Me tumbo. Y abrazo cómo un príncipe azul a mi almohada maloliente y sudada.

Por fin encontré la paz del sueño pensando en mi boletín de notas de sexto de EGB, que era todo sobresaliente.

Entraron los bomberos. Me despertaron. Llenaron toda la habitación de serrín para recoger la sangre, el sudor, los meados, el vómito, la regla y las heces que generé en mi mañana de resaca. Los vecinos y algunos de mis familiares miraban espantados.

Me rogaron que por favor dejase de beber tanto.

Escupí serrín por la boca y sintiéndola seca y pastosa les dije:

“¡Pero si hace una tarde preciosa!”.

Y nos fuimos a tomar una cerveza.

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