TEMA 3: LA BELLEZA

by temario13

Este tema está zanjado.

La belleza. No es nada sino él.

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No es pasión de abuela.

(Rose Kennedy)

La guapa y los imbéciles

Se miraba al espejo y sabía que tenía una parte ganada. Era guapa, no cabía duda.

Tenía el pelo lacío y de un color irrepetible; ojos grandes, negros y un poco rasgados; la nariz recta, sin ser pequeña no era grande; labios carnosos y dibujados, con un color tan vivo que un pintalabios lo estropeaba; la forma de sus mejillas endurecía sus facciones, pero la barbilla endulzaba su expresión; su piel era blanca y no era pálida, y la conservaba tan bien como cuando tenía diez años.

Era guapa a los ojos de cualquier persona, viniese de donde viniese.

Era  invierno, hacía frío y los días oscurecían temprano que casi no daba tiempo a ver el sol, aunque el Mediterráneo estuviera cerca. Los árboles estaban pelados, la gente vestía de gris y llovía la mayor parte de los días que ocupaban el mes. Con esta estampa, no había quien se repusiera de una mala racha al póquer, un deshaucio o un mal amor.

Los años pasaban y su edad se acercaba más a la de una mujer hecha y derecha que a la de una joven inocente sin preocupaciones tales como los planes de pensiones por ejemplo.

Malas épocas las pasa cualquiera, y una mujer guapa más. Tenía unos cuantos inviernos a sus espaldas, con sus correspondientes depresiones y el frío y las ventanas con luces que siempre son mejores que las tuyas y el frío y la oscuridad y el frío.

Sin duda, como cada invierno, aquel era el peor invierno que había pasado en mucho tiempo.

Se miró al espejo, su piel no brillaba, habían aparecido arrugas por debajo de sus ojos, “eso ayer no estaba” pensó al verlas. Continuó mirándose al espejo, tenía el ceño fruncido pero no estaba de mal humor, no, no tenía el ceño fruncido, era una marca. Su cara no era la misma.

Salió de casa y nada más ver al amigo con el que había quedado le interrogó

¿Estoy fea? Mira, tengo arrugas

Bueno, lo de las arrugas es natural– después de decir esto el amigo cambió de tema. “¡¿Estoy fea?!” se extrañó ella.

La tarde transcurrió y llegó la hora de volver a casa. Al llegar cogió el teléfono y llamó a otro amigo. Nada más contestar al teléfono -¿estoy fea?- le preguntó, el amigo le dijo -no…- con voz temblorosa. Ella colgó y dijo en voz baja, para si misma, con los ojos muy abiertos y con la mirada perdida “estoy fea”. Lentamente se acercó al espejo, se miró, se puso la mano en la cara, acariciando con dureza su mejilla y volvió a repetir las palabras “estoy fea”.

Empezó a hacer algo que no había hecho nunca: maquillarse los días de cada día, ni así conseguía disimular su fealdad.

En la ciudad no se hablaba de otra cosa, ese era el tema de conversación.

Las señoras comentaban en el mercado

-¿Has visto a…?

-¿Te has enterado de lo de…?

-¿Sabes quién se ha vuelto fea?.

Cuando entraba en el bar en el que se reunía con su grupo de amigos, éstos al verla llegar callaban de golpe.

En las escuelas ponían su cara de ejemplo para explicar la asimetría.

Los de la wikipedia dudaban entre poner una foto suya o una de Malú -ganó la de Malú-.

Pasaron más años, se acostumbró a su fealdad, estaba todo asumido. Se podía hablar del tema abiertamente. Y así hizo un amigo -el mismo que le había dicho “no” con voz temblorosa hacía unos años-, que una tarde en una cafetería le comentó

-Tú no eras guapa. Eras joven. Y engreída. Pero déjame que te diga que ahora, sin tu arrogancia, eres diez mil veces más atractiva. La humildad te ha embellecido. “Tú eres imbécil” pensó ella, no se lo dijo.

(Anna TV)

Crisálida

CUANDO SE CONOCIERON: Fernando conoció a Manu en una discoteca de ambiente mixto que había entonces. Acababa de cumplir 30 pero no disponía de un gran bagaje sentimental.

Se había pasado la vida enamorado de su mejor amigo del instituto, ensimismado en un amor de juventud que describía en diarios y cuadernos. Habían estudiado juntos, hecho las prácticas juntos, se vinieron a España juntos y juntos trabajaban, cómo arte y copy.  Hasta hacía poco Fernando no era marica, sólo estaba enamorado de su amigo, qué es bien distinto. La de aquella noche era una de sus primeras incursiones en un mundo que le resultaba ajeno.

Manu había acudido allí con sus compañeras de clase de comunicación audiovisual. Era muy guapo de cara. Siempre había sido un niño un poco gordito y retraído con mofletes, y así era todavía entonces. Tenía 23 años.

Fernando y Manu se enrollaron esa noche, después de hablar un poco en la pista de baile. Volvieron a casa juntos abrazándose con ternura por la Gran Vía, se acostaron, compartieron el desayuno y, en la puerta, cuándo Manu se marchaba, se besaron sinceramente una vez más. Así empezó su historia juntos. Una historia de aprendizaje y de cariño.

Entonces todavía pasaban cosas así en Madrid. Hoy todo esto suena a los romances de las abuelas.

CUANDO ERAN DOS: Con Fernando, Manu había abierto un capítulo nuevo y prometedor de su vida. Nunca había tenido novio, sólo un chico de su edad que conoció por Internet y algunos líos por ahí. Ahora era diferente, porque hacía cosas que no eran ya estrictamente propias de un estudiante: salía con alguien interesante, que trabajaba en Publicidad y que además era argentino. Se acabaron las noches en casa de sus padres sintiéndose sólo.

Durante los meses posteriores ocurrieron muchas cosas: Fernando ganó un “Sol” en el festival de San Sebastián y Manu encontró unas prácticas en una cadena de televisión.

Por aquel entonces, Manu empezó a ir al gimnasio. El médico le había recomendado nadar para la espalda. Se apuntó también a la sala de fitness y pronto comprobó cómo su cuerpo sólido y joven desarrollaba masa muscular con facilidad. Gracias a una dieta complementaria, la grasa que le envolvía y le protegía del mundo exterior, que le aislaba desde siempre de sus agresivos compañeros y de su padre, que amortiguaba a ojos de los demás su homosexualidad, y que justificaba su torpeza y escaso interés en los deportes, empezó a transformarse en músculos que se hacían cada vez más definidos. Hombros, pectorales y muslos adquirían una forma turgente y resueltamente masculina.

No se había acostumbrado aún a ser un hombre deseado, aún cometía actos de inocencia.

LA INFIDELIDAD: El día después de cumplir 24 años, en el gimnasio, Manu cometió su primera infidelidad. Un informático belga que trabajaba en Madrid le miraba con sus ojos azules a través del espejo desde la cinta de correr. Manu se decía “¿por qué me mira? ¿Soy tan  ridículo?”.

En el vestuario, el belga con su toalla alrededor de la cintura vino a hablar con él. Fueron a tomar algo, y se enrollaron. Al tacto de sus manos, el cuerpo duro de aquel otro hombre, toda su anatomía trabajada y rocosa, el vello suave que subía desde su pubis resultaba diferente del cuerpo delgado y lánguido de su novio. Llamó a Fernando y le dijo que no iría a su casa esa noche a ver esa nueva serie de culto.

Se esforzó sinceramente en sentirse culpable, pero en el fondo le dio igual. En realidad se sintió bien.

LA SEPARACIÓN: Fernando nunca supo de esta infidelidad. Las que siguieron fueron cada vez menos accidentales. Comenzaban como coqueteos por los pasillos de la tele o sucedían en salidas en las que su novio no estaba. A Manu le excitaba comentarlas con su nueva amiga, una joven regidora dicharachera teñida de rubio platino, a la que Fernando no tragaba. Con ella, Manu empezó a sacar más libremente su pluma natural, que fue homologándose poco a poco a ese hablar estandarizado y frívolo que era código de mariquitas jóvenes de la época.

“¿Por qué los gays tenéis todos el mismo acento? Cómo los sevillanos o los murcianos, es cómo si fueseis todos de la misma comunidad autónoma”.

Amigos, rollos, amantes, como vasos comunicantes, vaciaron el amor de Manu por Fernando. Los árboles perdían las hojas, ellos follaban menos: la relación se hizo fría. Un día Fernando habló con Manu de que las cosas no funcionaban y le dejó. Le dejó disfrutar de sus 24 años en la compañía de chicos divertidos que a él le habrían aburrido. Le dejó salir, vestir, ir a fiestas, hacerse muy amigo de una famosa bloguera de Madrid que trabajaba en Neo2, y ser un personaje habitual del Fotolog de un club de la calle del pez.

Se arrepintieron, se enrollaron alguna vez cómo quien vuelve a casa, pero ya no era su casa. Costaba encontrar de qué hablar.

POST DATA: Así acabó la primera historia de amor de Fernando en España. Años después, cuando le conocí en una discoteca de ambiente mixto – que entonces empezaba a estar pasada de moda y hoy está cerrada- Fernando se acercaba a los 40, tenía un bonito apartamento y ya había perdido casi por completo el acento argentino.  Pasamos la noche juntos, y el día charlando de mis amores y de los suyos. Antes de que yo desapareciese por la boca del metro, me sonrió con las manos metidas en los bolsillos y me dijo “ya nos veremos”. No hubo un paseo por la Gran Vía abrazándonos  con ternura. Tampoco volvimos a vernos.

Esta historia no tiene moraleja porque Rose y Madonna saben que la vida es un misterio y que todos deben estar solos.

(Los imbéciles)

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Epílogo

laura2o.th

Ataque de alergía de la actriz italiana Laura Antonelli después de echarse una crema antiarugas en 1989.

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