temario13

Un tema diferente cada semana, por Anna, Rose, los electroduendes y anónimo que es el que escribió el Lazarillo de Tormes.

Month: April, 2013

TEMA 5: RECIBIR UNA LLAMADA, SALIR DE CASA, COMPRAR UN LÁPIZ.

Presento a duras penas el QUINTO TEMA de TEMARIO 13 con la eterna vergüenza de haber sido incapaces de respetar la puntual cita con nuestros tres o cuatro lectores. La premisa ha sido diferente de lo habitual: desde que se ha teñido de rubio y se va con Elsa, a Anna se le ha subido el TWEE a la cabeza, así que  propuso a sus electroduendes que el texto incorporase tres elementos: recibir una llamada, salir de casa y comprar un lápiz. Hoy contamos además con La otra, una nueva colaboradora que nos escribe desde Madrid. ¡Te doy una calurosa bienvenida, amiga!

Pasen y vean el resultado.

Pasen y vean cómo una mujer les acribilla, acompáñennos en un paseo de verano por la ciudad, báñense en el mar.

De corazón esperamos que les entretenga.  Les dejo, que la sopa de cangrejo se me está enfriando.

(Rose Kennedy)

Doble o nada

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(La Otra)
SALGO DE CASA. De casa. Salgo. Porque escribir es como llorar. Muy alto. Llorar. Muy triste. Sobre el televisor. Sobre una agenda.  Sobre toda esa mierda tan bien estructurada. Huyo. De casa. Después de que me llames, y me digas. Después de que me escupas. Mentiras. Con la mina clavada. Bajo la piel. Los dedos sobre las teclas. Estos dedos, estas teclas. Los tristes dedos que me meto en mi triste hueco, ahora sobre las teclas. Antes sosteniendo un pincel, y un lápiz. De ojos. De ojeras. Dibujar el cansancio en este marco, que es espejo, que es dolor de muelas. Que es entrada y a la vez infierno. Personal. El maldito reflejo. Estúpido, sumiso y fiel. Ligado, a tu abismo. Sujeto a toda esa tinta derramada, sobre la cama. Sobre este cuaderno. Sobre mi espalda. Corro. Por la calle. Creo que vuelo, pero solo es el viento, que me muerde. Solo el recuerdo, que me mata. Un poco, solo un poco. Y entro, en una papelería. Compro. Dos lápices 2B. Siento. Que resucito. Miento.

El recado

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(Anna TV)
HOY EMPIEZA EL VERANO, y para ser principios de verano hace un calor insoportable. Se ha pasado el día llamando a distintas personas para ir a dar un paseo, no quiere quedarse en casa pero tampoco salir solo, hoy no. Caminaría sin rumbo durante un cuarto de hora y después volvería a su casa, aburrido. Está sentado en el sofá esperando que la vida de un vuelco. Coge el teléfono una vez más, lo mira e intenta recordar a quién no ha llamado, alguien tiene que haber que pueda quedar. Suena el aparato, ahí esta, se dice. Al responder Jaime le dice que acaba de ver su llamada, estaba en el curro y tenía el móvil guardado, ¿qué pasa?, le dice. De golpe siente una extraña vergüenza para decirle a Jaime que quiere salir a pasear o a tomar unas cañas. Así que inventa una excusa, tengo que hacer un recado y me da un poco de pereza, ¿me acompañas?, Jaime asiente y se citan en la mitad de camino entre su casa y la de Jaime, a unos diez minutos.

Coge las llaves y sale de casa. Jaime espera en el punto de encuentro, ¿qué tal, tío?, se saludan. Bueno, dime, ¿qué recado tienes que hacer? Como la pregunta le pilla desprevenido, había olvidado por completo lo del recado, inventa lo primero que pasa por su cabeza al ver en frente de ellos una papelería. Tengo que comprar un lápiz, le dice. ¿Un lápiz?, Jaime se extraña y piensa que su amigo nunca dejará de ser raro, y su amigo nota, molesto, que Jaime piensa que es raro. Si, es que, bueno… si, tengo que comprar un lápiz y no sé muy bien, para dibujar, ¿verdad que hay distintos tipos de lápiz?, le dice. ¿Pero desde cuándo dibujas tu?, le pregunta Jaime. No, no dibujo, es que tengo que hacer un dibujo para una cosa. La conversación se enreda cada vez más, y cada vez más Jaime piensa que su amigo es muy raro, y su amigo se siente avergonzado. ¿Por qué coño me tengo que comportar como un puto extraterrestre?

Una vez en la librería, la dependienta les atiende y él pide un bolígrafo negro. Jaime no entiende nada. Al salir, Jaime le propone de ir a sentarse en una terracita, a ver si hay suerte y encontramos sitio, que la cosa con este calor está complicada.

Correspondencia

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(los electroduendes)
SE HA LEVANTADO TEMPRANO, hoy hace sol: desde que no va a la escuela, los sábados son iguales que el resto de los días.

« Tu madre ha llamado: no ha conseguido el dinero para enviarte al colegio este año », le dijo la abuela meses atrás. Cedric aceptó este hecho con resignación. A sus 18 años tiene tiempo para todo. “El año que viene, tal vez”.

La abuela está cansada y no tiene ya los medios que tenía. El otro día una señora la paró por la calle: “¡Ay! ¡Tu abuela niño ha llevado mal su vida! Desde que se enganchó de ese hombre se volvió ciega, todo lo que le pedía se lo daba: cien mil, doscientos mil… ¡todo! ella no podía negárselo.  Perdona que te lo diga niño, lo que era tu abuela cuando todavía tenía su bar. Cuando la fábrica cervecera venía repartiendo el rappel de ventas a final de año, no era poco lo que le daban ¿Sabes? Un millón, dos millones. Y lo perdió todo. Era un gran bar, grandísimo, no ha vuelto a haber en la ciudad un bar tan importante como el de tu abuela.”

Cedric se lava, se viste y se cepilla los dientes. Pondría la televisión y vería DVD – de dibujos japoneses, de luchadores chinos, de raperos marfileños – pero hace más de una semana que no hay corriente en el pueblo. Un camión se salió de la carretera y tiró un poste de la luz.
Sale al cruce donde un enjambre de adolescentes nerviosos le rodea. Niños que corren de un lado para otro, suben a los árboles, cogen cocos, paran motocicletas, hacen señales a los coches. El pueblo tiene hoy una inusual actividad: comienza la temporada alta, es fin de semana, y mucha gente vendrá a bañarse a la playa.

Cedric se confunde entre la muchedumbre de jóvenes y corre.

Tonton Luc tiene clientes en su chiringuito. Un importante director vendrá a pasar el día allí: ha encargado pescado, gambas, y langosta para doce personas.

En la cocina de su tío, Cédric limpia las escamas del pescado, fríe atentamente las patatas y el plátano, prepara la salsa, recoge cubos de agua del mar.

Sus primas mayores suplican a Tontón Luc que las deje venir a la playa cada vez que tiene clientes. Siempre vienen con mini shorts y escotes. Son ellas las encargadas de servir las mesas.

“¿Por qué no hablas nunca, Cedric?” – le dice una de sus primas. Cedric se encoge de hombros.

Los clientes llegan acompañados de sus amigas africanas. « Que pelo tan bonito tiene esa, es un postizo brasileño de pelo natural seguro». Le dice una de sus primas a la otra, mientras machacan pimientos. Cedric las escucha callado fregando una bandeja.

Desde el rincón los mira comer, reírse, chapotear entre las olas y pasárselo bien. Brindan con vino y cantan canciones francesas. Ellas ríen las gracias de sus amigos. Algunas parejas se alejan a pasear por la playa, se abrazan y se besan. Él los mira, como un DVD.

Cae la tarde y Tonton Luc despide al director y a su delegación de flamantes Toyota Prado con una reverencia de respeto.  Recoge los cacharros y reparte las propinas entre los chicos. Es la hora de volver a casa, de lavarse, de ir al bar; el día termina.

Cedric debería haberse ido a su casa, debería haberse lavado, debería haber salido al cruce y visto a sus amigos y con ellos debería haber ido a la playa a fumar porros, con canciones de Rihanna saliendo de un móvil viejo. Pero no lo hizo. Sus primas le hicieron volver a la playa para recoger una cacerola que se había perdido.

Y allí se la encontró, sentada en la arena.

Era una señora occidental con el cabello dentro de un turbante. Llevaba un traje de baño negro con perlas y brillantes. Iba muy maquillada: tenía una boca sensual dibujada con carmín rojo en unos labios que la edad desdibujaba. Morena y llena de joyas: joyas enormes, collares, pendientes, anillos, perlas y sortijas de oro. Sostenía un gran cigarro y miraba al mar metálico. La marea estaba subiendo.
Sin querer que se diese cuenta de su presencia, cogió la cacerola y se apresuró a irse.

–    “Joven” la oyó pero hizo como que no había oído nada. Ella insistió: “disculpa joven”. No tuvo más remedio que contestar.
–    “¿Si, señora?”, dijo él, como si le hubieran pillado robando.
–    “¿Tienes fuego?”.
Cedric se acercó y, con las cerillas de Tonton Luc, ayudó a la señora a encenderse lo que a él le pareció un cigarro muy grande. Ella le dio las gracias.

–     “¿Cómo te llamas?”
–    “Me llamo Cedric”
–    “Qué nombre tan bonito. ¿Qué edad tienes?”, hablaba lentamente y con aplomo.
–    “Dieciocho años. Este año cumpliré diecinueve.”
–     “Una edad maravillosa.” “¿Trabajas?”
–    “Ayudo a mi tío. La mamá no ha encontrado el dinero para enviarme al colegio”.
La señora lo miró atentamente, sorbió su cigarro y le dijo:

–    “Mi madre tampoco pudo darme mucha escuela. Con 18 años también me ganaba la vida. Gané un concurso y me hice artista.”

Artista. La blanca era artista. No cabía duda de que Cedric estaba ante uno de sus DVDs.

–    “¿Hacía películas?”, preguntó.
–    “Películas maravillosas, teatro. No sabía leer. Aprendí a tu edad. Las primeras letras me las enseñó un gran dramaturgo.”
Cedric sonrió. La observaba hablar y fumar. Nunca había conocido a nadie así.
–    “¿Te ha comido la lengua el gato?”, Se rió ella. “Cuando se es joven, hay que querer ser algo en la vida. Yo eso lo tuve muy claro siempre,  tonta no he sido.” Sentenció y exhaló una nube de humo blanco.
Cedric se encogió de hombros y le sonrió.
–    “A mí también me gustan las películas. Pero es que hace mucho que no hay luz y no las puedo ver.”
–    “Muchacho, pues si no puedes ver películas te las inventas. A tu edad se inventa uno muchísimas cosas. Todo. A tu edad se inventa todo.”
Cedric la miró y le dijo “tiene razón.”
–    “Por favor, ayúdame a meterme en el agua, quiero darme un baño. Me dejo los cigarros ahí, guárdatelos. No te los fumes, guárdatelos. Te dejo también un lápiz. No me voy a meter en el agua con él. Es un lápiz de ojos que me he traído para pintarme. Así al ver el lápiz te acuerdas de escribirme. Me gustará saber qué tal te va.”

Entonces extendió la mano hacia Cedric cómo si fuese el primer bailarín de su espectáculo  y le desenrolló 5 000 francos. “Una pequeña propina, por tu ayuda”

–     “Es usted muy guapa, señora”, dijo él, agarrándole la mano, como un enfermero, y acompañándola al agua.
–    “Muchas gracias”, dijo ella coquetamente, “¿ves cómo eres un galán?”
–    “Aún no me ha dicho como se llama”, preguntó Cedric.

Ella se lo dijo al oído.

Avanzaron hacia el mar. Cedric se volvió a mirarla otra vez. Dentro del agua esa mujer era increíblemente hermosa, una fuerza de la naturaleza. Entonces, hizo lo que nunca antes había hecho con una chica: besarla. Pausada y firmemente, agarrándola por la cintura: él era un galán. El galán de una DVD. Besarla era su deber, un imperativo interior. Lo que tocaba en este punto de la película.

Se besaron apasionadamente hasta que ella dio suavemente el beso por finalizado. Con dramatismo de estrella le dijo “ahora debo irme. Encantada de conocerte, Cedric”. Le besó en la mejilla y empezó a correr mar adentro hasta sumergirse en el agua.
Cedric nadó tras ella, pero las olas le tiraron. Desde la orilla la siguió con la mirada. En el momento en que el sol se ocultaba del todo la perdió de vista. La esperó un buen rato. Salieron las estrellas. Se nubló. Empezó la lluvia y el viento. La tormenta lo empapó un rato largo sentado en la arena.

Al amanecer, un pescador lo encontró dormido. Ese día Cedric cayó enfermo.  Pasó una semana en la cama con mucha fiebre y mucha tristeza.
Su abuela rezó día y noche.

En aquella época yo daba un cursillo para chicos sin empleo. Un día, el inocente y callado Cedric vino a clase con un sobre dirigido a una vieja estrella española. Me pareció curioso, pero en Camerún cosas más raras he visto. Cogí la carta y la trasmití a la embajada. Allí me dijeron que Correos dispone de apartados específicos para  admiradores de grandes personalidades.

Cedric me traía siempre su correspondencia y yo la trasmitía. Entre un español básico y un francés lleno de faltas escribió una segunda carta, luego una poesía (que me hizo revisar). Escribió. Escribió lo que no decía nunca. Lo que nadie le contaba y lo que no tenía a quien contar. Cada día, después de la playa, escribía para la señora las cosas que le pasaban o le interesaban, y cuando dejaron de pasarle cosas, se las empezó a inventar, porque se puede inventar todo.

Cedric se inventaba historias y las historias se inventaban a Cedric.

El océano no tiene límites pero la ciudad es pequeña.  Las cosas que contar se le terminaron pronto. Entonces Cedric se inventó que no se quedaba en la playa, que acababa los estudios secundarios, que cogía un autobús, que salía del país… Se inventó aventuras en N’Djamena y que pescaba con los Susu del puerto de Conackry. Se inventó que se cruzaría con alguien en la barra de un hotel de Abiyán.

Y una noche dentro de unos años, lejos, estará viendo en un canal español una película mexicana en blanco y negro.
Reconocerá a la mujer de la playa, cantando en blanco y negro en la pantalla.  Al verla, se pondrá muy enfermo y sabrá que tiene que irse inmediatamente al mar. Los vecinos le preguntarán “¿Por qué?”.

Y él, con la serenidad en la que se habrá convertido la inocencia, sonreirá. “Ella tiene ganas de fumar”, dirá.

Epílogo

En las costas del Africa Occidental abundan las leyendas de mujeres que viven en el mar y guían a los pescadores. En Camerún se llaman Mammy Wattas. Son mujeres hermosas y celosas, pueden colmar de regalos a los hombres a los que protegen de las mareas y con los que establecen una relación de por vida. Antiguamente se las veía en la playa o sobre las rocas al atardecer, ahora, con las plataformas de petróleo y los hoteles, las Mammy Wattas se han ido lejos. Así es cómo los pueblos costeros de Camerún perdieron poco a poco las bases místicas de su civilización.

Ya nada impide entrar a los barcos de pesca chinos que esquilman de peces el mar, ni frena a las olas que devoran las playas.

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TEMA 4: LAS RESACAS

Rose me ha cedido la amable y difícil tarea de presentar el tema de hoy, de esta semana o de esta vez, lo que sea.

Es sábado por la mañana y no tengo resaca, hace dos meses que no pruebo una gota de alcohol.

Resaca, que no te echo de menos,

Resaca, que estás en todos los edificios de esta ciudad (y de la otra)

Resaca inesperada, cuando ayer sólo salí a tomar un café y hoy me veo a las 10 de la mañana esperando el momento idóneo para volver a casa

Resaca, no puedo dejar de sudar

Resaca, tengo hambre y ganas de devolver

Resaca, te necesito para escribir con lucidez.

Os dejo con la resaca, que la disfrutéis.

(Imperio, Rose no bebe)

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Ciencia Ficción

(Anna TV)

No tengo ganas de levantarme, no tengo ganas de quedarme en la cama, no tengo ganas de hacer nada. Me incorporo y, cuando los objetos de mi habitación dejan de dar vueltas, me pongo en pie, me sentará mejor que seguir tumbada y conseguir que el dolor de cabeza se evapore por arte de magia.

El café se hace lentamente. Por no apetecer, no me apetece ni fumar. Me enciendo un cigarro, creo que todavía estoy borracha, mis pensamientos son excesivamente lúcidos y hay algo de falsa alegría en mi interior.

El tabaco, asqueroso, aumenta levemente mi dolor de cabeza. Me tomo un ibuprofeno y bebo tres vasos de agua, que me dejan el estómago un poco revuelto. El primer sorbo de café es desagradable, pero es agradable estar despierta a las 12 del mediodía aunque ayer saliera hasta las tantas, es agradable estar fumando y tomando café como si hoy fuera una mañana más. Hoy es una mañana más, las resacas se han convertido en algo tan habitual que los día que no tengo me siento un poco extraña, con demasiadas cosas en las que pensar.

Me ducho, me visto con lo primero que pillo y salgo a pasear, hace un día espectacular. Bajo al centro, comeré con algún amigo y antes de quedar con él caminaré por las calles del casco antiguo. Me meteré en las tiendas sin ánimo de comprar, sólo para ver cosas que me distraigan, cosas que me hagan sentir en comunión con el resto de los habitantes, cosas que me hagan creer que tengo un buen día, que hoy no es un día más tirado a la basura. Y no lo es.

Hoy es viernes y hace sol. Como con Pepito, pedimos vino para acompañar la comida, al tercer vaso ya casi no siento esa culpabilidad absurda que no consigo saber de dónde sale, que no tiene explicación lógica, que no puedo argumentar, que me acompaña en todas y cada una de mis resacas. Si no fuera por este sentimiento de culpabilidad mi vida sería mucho mejor.

Después del postre pedimos un orujo, me siento tan bien que no consigo comprender cómo es posible que hace apenas una hora hubiese un sentimiento oscuro dentro de mi.

 

Las horas de la tarde pasan amablemente a nuestro lado. Vamos de un sitio a otro y cada vez somos más, hemos llamado a algunos amigos y se han unido a nuestra tarde de viernes y a nuestras risas. La tarde ha devenido en noche, otra noche que pasará inadvertida, otra noche que no recordaré.

Somos muchos, el bar está animado, miro a Pepito y siento que lo quiero con toda mi alma, lo abrazo, le digo que le quiero, que es el mejor amigo que he tenido en toda mi vida, le doy un beso en la mejilla. Benditos viernes sin trabajo, benditos amigos, bendito vodka, bendita vida, benditas resacas, la que voy a tener mañana.

¡Ay de mi!

(Los electroduendes)

Desde que cumplí 30 las mañanas de sueño no duran lo que duraban. Cada vez que bebo me despierto temprano con un dolor de cabeza intenso, torturada, cómo si un clavo gordísimo se me clavase en la cabeza. Naaaang. Mis resacas insomnes me hacen prisionera política en la China Popular.  Naaaang.

Desde las seis de la mañana doy vueltas en la cama, sudando. Exudo todo un poemario, una elegía insoportable de tragedias de niña bien.

¡Ay de mi!

El estudiante cerdo que vive al fondo del pasillo se ha ido a su pueblo. Sola en casa. He dormido otra vez sola. Llevo 5 años durmiendo sola – ¿por qué te deje?, ¿por qué no me quisiste?, ¿por qué nunca logramos que funcionara?

¿Por qué no sé querer a nadie?

La resaca me arrastra al interior de la ola, la corriente me sumerge en la evidencia de mi declive. Me hundo en mis sábanas sucias y empapadas, me cuelo por una cloaca. Agazapada, golpeo una portezuela, allí están Silke y Candela, que me conducen hasta un lugar donde la mujer taciturna y fracasada en la que me estoy convirtiendo se pelea con un funcionario de banca, con un revisor del metro y con una directora de recursos humanos (por ese orden).

Ese trabajo, vaya mierda de trabajo, vaya mierda de condiciones, me alejé de todo aquello que siempre quise ser, me convertí en una fracasada.

En silla de ruedas, mis resacas me pasean por lo más sucio de Barcelona, escaparate dónde siempre es de noche. Emergen de la sombra otros zombies modernos del Raval, purgatorio electrónico de nunca llegar a nada. Cómo yo, deambulan por Elisabets almas varadas en el Sónar de 2000.

Imploro a mi resaca por tener noticias de los hijos que creo que nunca tendré, les amamanto y me muerden el pecho, criaturas repugnantes. Son lagartos. Sangro cómo una cerda, sangro, sangro, sangro, y todo el cuarto se inunda – desangrada en su resaca, se suicida con el butano, la muy cerda, la guarra del quinto – la gente habla de mi estando yo muerta y yo me digo, quiero escucharlo, a ver qué dicen, enciendo Antena 3 y es todo de una fealdad insoportable.

Qué dolor de barriga.

Qué ganas de vomitar.

Me toquetean seres del inframundo que hablan con acento extremeño, lo mejor que tendré, seres pequeñitos a los que pido que me quieran y que me consuelen.

¡Os lo pido por favor, tengo mucha resaca!

Me paseo por la casa como un espectro tuberculoso, en círculos, el corazón me late muy fuerte y oigo una canción horrorosa de Merche a todo volumen por dentro de mi cerebro que me pone el alma de punta y al afilador por fuera del balcón. Afila el clavo que tengo dentro de los sesos. Tengo nauseas, recibo una descarga, me conecto por telepatía con todos los momentos en mi vida en que he hecho algo mal, entre ellos:

El día que pegué a una niña de mi colegio que era retrasada mental.

El día que engañé a aquella familia de Palencia para cumplir el objetivo de ventas.

El día que te esperaba desnuda en tu habitación, entraste y me dijiste que me vistiese y que me fuera.

Vuelvo a la cama. Me tumbo. Y abrazo cómo un príncipe azul a mi almohada maloliente y sudada.

Por fin encontré la paz del sueño pensando en mi boletín de notas de sexto de EGB, que era todo sobresaliente.

Entraron los bomberos. Me despertaron. Llenaron toda la habitación de serrín para recoger la sangre, el sudor, los meados, el vómito, la regla y las heces que generé en mi mañana de resaca. Los vecinos y algunos de mis familiares miraban espantados.

Me rogaron que por favor dejase de beber tanto.

Escupí serrín por la boca y sintiéndola seca y pastosa les dije:

“¡Pero si hace una tarde preciosa!”.

Y nos fuimos a tomar una cerveza.

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TEMA 3: LA BELLEZA

Este tema está zanjado.

La belleza. No es nada sino él.

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No es pasión de abuela.

(Rose Kennedy)

La guapa y los imbéciles

Se miraba al espejo y sabía que tenía una parte ganada. Era guapa, no cabía duda.

Tenía el pelo lacío y de un color irrepetible; ojos grandes, negros y un poco rasgados; la nariz recta, sin ser pequeña no era grande; labios carnosos y dibujados, con un color tan vivo que un pintalabios lo estropeaba; la forma de sus mejillas endurecía sus facciones, pero la barbilla endulzaba su expresión; su piel era blanca y no era pálida, y la conservaba tan bien como cuando tenía diez años.

Era guapa a los ojos de cualquier persona, viniese de donde viniese.

Era  invierno, hacía frío y los días oscurecían temprano que casi no daba tiempo a ver el sol, aunque el Mediterráneo estuviera cerca. Los árboles estaban pelados, la gente vestía de gris y llovía la mayor parte de los días que ocupaban el mes. Con esta estampa, no había quien se repusiera de una mala racha al póquer, un deshaucio o un mal amor.

Los años pasaban y su edad se acercaba más a la de una mujer hecha y derecha que a la de una joven inocente sin preocupaciones tales como los planes de pensiones por ejemplo.

Malas épocas las pasa cualquiera, y una mujer guapa más. Tenía unos cuantos inviernos a sus espaldas, con sus correspondientes depresiones y el frío y las ventanas con luces que siempre son mejores que las tuyas y el frío y la oscuridad y el frío.

Sin duda, como cada invierno, aquel era el peor invierno que había pasado en mucho tiempo.

Se miró al espejo, su piel no brillaba, habían aparecido arrugas por debajo de sus ojos, “eso ayer no estaba” pensó al verlas. Continuó mirándose al espejo, tenía el ceño fruncido pero no estaba de mal humor, no, no tenía el ceño fruncido, era una marca. Su cara no era la misma.

Salió de casa y nada más ver al amigo con el que había quedado le interrogó

¿Estoy fea? Mira, tengo arrugas

Bueno, lo de las arrugas es natural– después de decir esto el amigo cambió de tema. “¡¿Estoy fea?!” se extrañó ella.

La tarde transcurrió y llegó la hora de volver a casa. Al llegar cogió el teléfono y llamó a otro amigo. Nada más contestar al teléfono -¿estoy fea?- le preguntó, el amigo le dijo -no…- con voz temblorosa. Ella colgó y dijo en voz baja, para si misma, con los ojos muy abiertos y con la mirada perdida “estoy fea”. Lentamente se acercó al espejo, se miró, se puso la mano en la cara, acariciando con dureza su mejilla y volvió a repetir las palabras “estoy fea”.

Empezó a hacer algo que no había hecho nunca: maquillarse los días de cada día, ni así conseguía disimular su fealdad.

En la ciudad no se hablaba de otra cosa, ese era el tema de conversación.

Las señoras comentaban en el mercado

-¿Has visto a…?

-¿Te has enterado de lo de…?

-¿Sabes quién se ha vuelto fea?.

Cuando entraba en el bar en el que se reunía con su grupo de amigos, éstos al verla llegar callaban de golpe.

En las escuelas ponían su cara de ejemplo para explicar la asimetría.

Los de la wikipedia dudaban entre poner una foto suya o una de Malú -ganó la de Malú-.

Pasaron más años, se acostumbró a su fealdad, estaba todo asumido. Se podía hablar del tema abiertamente. Y así hizo un amigo -el mismo que le había dicho “no” con voz temblorosa hacía unos años-, que una tarde en una cafetería le comentó

-Tú no eras guapa. Eras joven. Y engreída. Pero déjame que te diga que ahora, sin tu arrogancia, eres diez mil veces más atractiva. La humildad te ha embellecido. “Tú eres imbécil” pensó ella, no se lo dijo.

(Anna TV)

Crisálida

CUANDO SE CONOCIERON: Fernando conoció a Manu en una discoteca de ambiente mixto que había entonces. Acababa de cumplir 30 pero no disponía de un gran bagaje sentimental.

Se había pasado la vida enamorado de su mejor amigo del instituto, ensimismado en un amor de juventud que describía en diarios y cuadernos. Habían estudiado juntos, hecho las prácticas juntos, se vinieron a España juntos y juntos trabajaban, cómo arte y copy.  Hasta hacía poco Fernando no era marica, sólo estaba enamorado de su amigo, qué es bien distinto. La de aquella noche era una de sus primeras incursiones en un mundo que le resultaba ajeno.

Manu había acudido allí con sus compañeras de clase de comunicación audiovisual. Era muy guapo de cara. Siempre había sido un niño un poco gordito y retraído con mofletes, y así era todavía entonces. Tenía 23 años.

Fernando y Manu se enrollaron esa noche, después de hablar un poco en la pista de baile. Volvieron a casa juntos abrazándose con ternura por la Gran Vía, se acostaron, compartieron el desayuno y, en la puerta, cuándo Manu se marchaba, se besaron sinceramente una vez más. Así empezó su historia juntos. Una historia de aprendizaje y de cariño.

Entonces todavía pasaban cosas así en Madrid. Hoy todo esto suena a los romances de las abuelas.

CUANDO ERAN DOS: Con Fernando, Manu había abierto un capítulo nuevo y prometedor de su vida. Nunca había tenido novio, sólo un chico de su edad que conoció por Internet y algunos líos por ahí. Ahora era diferente, porque hacía cosas que no eran ya estrictamente propias de un estudiante: salía con alguien interesante, que trabajaba en Publicidad y que además era argentino. Se acabaron las noches en casa de sus padres sintiéndose sólo.

Durante los meses posteriores ocurrieron muchas cosas: Fernando ganó un “Sol” en el festival de San Sebastián y Manu encontró unas prácticas en una cadena de televisión.

Por aquel entonces, Manu empezó a ir al gimnasio. El médico le había recomendado nadar para la espalda. Se apuntó también a la sala de fitness y pronto comprobó cómo su cuerpo sólido y joven desarrollaba masa muscular con facilidad. Gracias a una dieta complementaria, la grasa que le envolvía y le protegía del mundo exterior, que le aislaba desde siempre de sus agresivos compañeros y de su padre, que amortiguaba a ojos de los demás su homosexualidad, y que justificaba su torpeza y escaso interés en los deportes, empezó a transformarse en músculos que se hacían cada vez más definidos. Hombros, pectorales y muslos adquirían una forma turgente y resueltamente masculina.

No se había acostumbrado aún a ser un hombre deseado, aún cometía actos de inocencia.

LA INFIDELIDAD: El día después de cumplir 24 años, en el gimnasio, Manu cometió su primera infidelidad. Un informático belga que trabajaba en Madrid le miraba con sus ojos azules a través del espejo desde la cinta de correr. Manu se decía “¿por qué me mira? ¿Soy tan  ridículo?”.

En el vestuario, el belga con su toalla alrededor de la cintura vino a hablar con él. Fueron a tomar algo, y se enrollaron. Al tacto de sus manos, el cuerpo duro de aquel otro hombre, toda su anatomía trabajada y rocosa, el vello suave que subía desde su pubis resultaba diferente del cuerpo delgado y lánguido de su novio. Llamó a Fernando y le dijo que no iría a su casa esa noche a ver esa nueva serie de culto.

Se esforzó sinceramente en sentirse culpable, pero en el fondo le dio igual. En realidad se sintió bien.

LA SEPARACIÓN: Fernando nunca supo de esta infidelidad. Las que siguieron fueron cada vez menos accidentales. Comenzaban como coqueteos por los pasillos de la tele o sucedían en salidas en las que su novio no estaba. A Manu le excitaba comentarlas con su nueva amiga, una joven regidora dicharachera teñida de rubio platino, a la que Fernando no tragaba. Con ella, Manu empezó a sacar más libremente su pluma natural, que fue homologándose poco a poco a ese hablar estandarizado y frívolo que era código de mariquitas jóvenes de la época.

“¿Por qué los gays tenéis todos el mismo acento? Cómo los sevillanos o los murcianos, es cómo si fueseis todos de la misma comunidad autónoma”.

Amigos, rollos, amantes, como vasos comunicantes, vaciaron el amor de Manu por Fernando. Los árboles perdían las hojas, ellos follaban menos: la relación se hizo fría. Un día Fernando habló con Manu de que las cosas no funcionaban y le dejó. Le dejó disfrutar de sus 24 años en la compañía de chicos divertidos que a él le habrían aburrido. Le dejó salir, vestir, ir a fiestas, hacerse muy amigo de una famosa bloguera de Madrid que trabajaba en Neo2, y ser un personaje habitual del Fotolog de un club de la calle del pez.

Se arrepintieron, se enrollaron alguna vez cómo quien vuelve a casa, pero ya no era su casa. Costaba encontrar de qué hablar.

POST DATA: Así acabó la primera historia de amor de Fernando en España. Años después, cuando le conocí en una discoteca de ambiente mixto – que entonces empezaba a estar pasada de moda y hoy está cerrada- Fernando se acercaba a los 40, tenía un bonito apartamento y ya había perdido casi por completo el acento argentino.  Pasamos la noche juntos, y el día charlando de mis amores y de los suyos. Antes de que yo desapareciese por la boca del metro, me sonrió con las manos metidas en los bolsillos y me dijo “ya nos veremos”. No hubo un paseo por la Gran Vía abrazándonos  con ternura. Tampoco volvimos a vernos.

Esta historia no tiene moraleja porque Rose y Madonna saben que la vida es un misterio y que todos deben estar solos.

(Los imbéciles)

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Epílogo

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Ataque de alergía de la actriz italiana Laura Antonelli después de echarse una crema antiarugas en 1989.