temario13

Un tema diferente cada semana, por Anna, Rose, los electroduendes y anónimo que es el que escribió el Lazarillo de Tormes.

Month: March, 2013

EL CAFÉ

Queridos amigos,

El tema de hoy es el café. Cáliz de mis nervios, néctar de mis desvelos. Estoy en Kenya que es un país de café. Paseo las playas blancas que son un “Qué no daría yo”. Ayer iba corriendo por la arena al atardecer, ágil como esas mujeres tan esbeltas que salen en las portadas de la revista Sport Life, mujeres de los grupos que sigue Silvia Taulés . Entre las algas y la arena pequeños caparazones se movían bajo mis pies, suguiendome, guíandome celebrando mis zancadas con alegría. Diminutos amiguitos.

Mi carrera se vio turbada cuando apercibí un enorme perro corriendo tras de mi raudo y feroz. Presa del pánico, no tuve mejor idea que sumergirme en el agua para que no me atacase, así me salvé. El perro me miraba con sus ojos rojos de Profecía desde la orilla. El negrito que lo pasea vino a llevárselo. Cosas terribles suceden en las playas, bien lo sé. Cuando el perro se marchó me di cuenta de que mi móvil se había visto sumergido en la ola. Al encenderlo, el perro ladraba dentro de la pantalla, como Alaska me miraba fijamente dentro del youtube el otro día. Oh aparatos electrónicos  ¿Cuál es el porqué de esta determinación en volverme loca? ¡Qué misterioso fantasma hecho de pura maldad se ha adentrado en los circuitos de mi celular! Conmocionada me quedé un momento sentada en la arena, desnuda. Cómo el adolescente de ese famoso cuadro del romanticismo, de Delacroix. El hombre tiene derecho a su imagen. Yo vi la mia entrar en el mar y reflejarse bajo la espuma. Era la imagen de un Javier Cámara fondón y calvo. Reloj te suplico no marques las horas, reloj voy a enloquecer.

Me iré al mar con mi soledad: gorda pálida sola,  y nadando con torpeza poemas nuevos iré a buscar. En la tierra a nadie querré, nadie me querrá.

No quiero ser pesada. De verdad. Os dejo con los chicos.

Rose Kennedy.

                                                   Un café detrás de otro


UNA MAÑANA DE PRIMERO DE BUP, antes de ir al instituto, me tomé mi primer café. “El café engorda menos que el Nesquik”, dije. Mi madre me miró y me dijo “Tú eres tonto” y le dio un sorbo a un tazón lleno hasta arriba de café negro con sacarina y All Bran de Kellogg’s.
Me aficioné al café. Tomaba café por la mañana, tomaba café al medio día y tomaba café por la tardes. Por las tardes el café era una excusa perfecta para salir de la habitación y no hacer los deberes. Antes de un examen me iba a dormir pronto sin saberme nada, y me despertaba temprano con una taza enorme y amarga de café negro y frio que había dejado junto a la mesilla de noche el día anterior.
Mis padres me dejaron solo un verano, yo tomaba café. Apenas salía, apenas estudiaba, tomaba café. La casa olía tan mal que pensaba que un perro callejero se había metido dentro, y yo venga a tomar café. El olor era tan fuerte que una noche soñé que jugaba con él y que se llamaba Pulgas. Mis padres adelantaron en un día su regreso de vacaciones. Se encontraron la casa llena de tazas de café, tazas vacías y tazas llenas de cafés perdidos, abandonados, que acumulaban moho.
Mi padre me echó la bronca, mi madre se puso a llorar.
————–
ME PONE NERVIOSO el café de los bares de ahora que te sirven con una galletita, ese que el camarero te echa tirando la espuma de la leche con impostado refinamiento. “No me eche espuma caballero que esto es El Clot, no la plaza de San Marcos”, dan ganas de decirle. Está bueno, lo acepto, es un sabor calculado, agradable y artificial, como el de los sanwiches “Rodilla”. Ese rollo. Para cada día prefiero el café malo. Como los cafés de la cafetería del metro, que tiraban a la barra aquellos dos gemelos culturistas a los que durante unos años vi cada día. Cafés que huelen a aceite frito y a la grasa del jamón. ¿Recuerdas el café de filtro sucio de la facultad? en vaso largo de café, siempre largo, muy largo, con ese sabor a ceniza y fregadero. Nos pasábamos las tardes hablando, tomábamos nuestro último café a las ocho de la noche cuando cerraba el periódico -“quiero estudiar por la noche” decíamos cómo excusa, cuando en realidad lo que pasaba es que no queríamos separarnos, bueno, yo no quería separarme de él –. Después de acompañarle todo lo que podía, sentía de camino a casa esa excitación en mi cuerpo artificialmente despierto, esa falsa energía de las tardes de primavera, los golpes del corazón. Después de separarnos, no podía fijar la atención en nada, quería encontrármelo otra vez, lo cotidiano me resultaba insoportable y me daba ansiedad. Cada vez cogía un autobús diferente, andaba por la periferia, atravesando autopistas, dando largas caminatas, me perdía en la ciudad, compraba cosas, mandaba SMSs, me metía en las tiendas y en los quioscos, evitando a toda costa llegar a casa. Todo por salir un momento de la vida cotidiana y de sus límites. El café, los nervios, el ansia de una vida diferente. Hace unos meses nos vimos, quedamos a las ocho de la mañana en una cafetería de la calle San Bernardo. Pasamos el día juntos como hace mucho que no hacíamos. Nos metimos en Nebraska a esperar su entrevista de trabajo, resguardándonos del frío y tomando cafés.
(Anónimo)

Un café

A veces llegaba sin desayunar para poder servirme un café nada más llegar, el de ahí salía muy bueno. Bueno, en realidad llegaba, lo preparaba todo (luces, caja…) y cuando estaba lista me relajaba y me ponía un café, un café largo con un poco de leche, muy caliente. La pasta la tomaba más tarde.
Las señoras (y señores) me felicitaban muchas veces por lo bueno que me salía el café “es que este café es muy bueno” les decía yo, “y las manos, las manos son muy importantes “me halagaban.
Era lo que más me gustaba preparar, el café. Y tras decir esto se queda pensativa.
El día que me dijeron que me tenía que ir lloré mucho. Salí de la reunión y una lágrima que aguardaba desde hacía rató se atrevió a salir, después de aquella lágrima vino otra y otra y otra. Comencé a caminar sin rumbo, llamaba por teléfono y colgaba, no me apetecía hablar pero luego volvía a llamar. Y venga llorar y sonarme y llamar. Lloraba tanto, que me vino aquella especie de hipo que me venía siempre que lloraba cuando era pequeña.
¡Cuánto lloré! Me acuerdo que entré en un estanco y tooooooodos los esfuerzos por dejar de fumar, a la puñeta. Ese día volví a fumar, y lloré, lloré mucho. Entonces piensa que lloré rima con café.
El último día de trabajo fue muy raro. Parecía incluso que algunos clientes a los que hacía tiempo que no veía se hubiesen enterado por arte de magia y me hubieran venido a despedir para tomarse el último café que yo les serviría.
A media tarde mi jefe me dijo que estaba exenta de trabajar, que hoy puedes hacer lo que quieras. Pero yo quería trabajar. Terminaba mi día a día al que me había acostumbrado, con mis compañeros y con los clientes, terminaban las luces, los lavabos, las bromas, las risas y las broncas. Terminaba un ciclo, un ciclo que había intentado alargar al máximo. Sabía que aquello no era para siempre. Como si se tratase de una pared que cada vez se acercaba más a mi para quitarme espacio, yo la aguantaba con las dos manos y con todo el cuerpo hacía fuerza, la pared avanzaba y mis pies se arrastraban al ritmo del tiempo, el tiempo que pasé allí, y que tenía que acabar para obligarme a tomar decisiones que al contrario del café, todavía no he tomado.

Hoy ha hecho una visita al lugar que durante dos años ocupó su rutina. Ya no hay cafetera, hay una máquina de café que funciona con monedas. Un compañero de trabajo le ha dicho que ese café es muy bueno. Ella ha pensado que si, que la marca es buena, pero que a la máquina no le puedes pedir si quieres la leche caliente, o si el cortado lo quieres manchado o con mucha leche, y tampoco le puedes explicar que cuando eras pequeña viste desde la ventana del internado, en camisón, como Machín tocaba en la plaza la de Dos gardenias para ti. Entonces ha bajado la cabeza y ha dicho sin que nadie la escuche la vida, a veces, es más amarga que el café.

Anna

presentación

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Vuestra pantalla está apagada. 

Sólo hay un piloto en una esquina que indica que la máquina piensa y vive. Cero, uno, cero, uno, cero, uno. Cómo un tic tac insoportable.

Los píxeles se activan y la pantalla pasa del negro al blanco: en lugar del logo del fabricante es mi rostro en primer plano el que os mira.

El rostro de Rose Kennedy, cómo recién salida de un Polstergeist.

Esbozo una sonrisa, siguiéndoos con la mirada, maternal, religiosa, agradecida; venida de algún cielo. Soy la china de Blade Runner. Imaginad ahora abrirse el plano, lentamente, lentamente, lentamente. Hasta ver mi figura completa de pie en un jardín. Hace un día maravilloso y llevo una túnica clara, de algodón.

Entonces os sonrío. Y cómo una predicadora texana extiendo las manos hacia vosotros…

“Soy  Rose, vuestra amiga, y tengo el inmenso honor de presentaros el blog “Temario13”.

Quizás alguna vez os haya contado que, cuando eran pequeños, Joe y yo solíamos dar a nuestros hijos cartas con un tema que ellos debían desarrollar a la hora de la cena. He sentido una inmensa nostalgia de aquellos días, de aquellas cenas, del encuentro alrededor de un sujeto de debate. Antes pensábamos mucho, ahora sentimos mucho – dijo Margaret Thatcher.

Cómo opositoras y examinadas de reválida quienes contribuyan a esto abordarán semanalmente un tema por algo o porque sí.

Sin más os presento el primer tema (Las madres). Deseo de todo corazón que os guste mucho.

TEMA 1: LAS MADRES

SABIDURÍA DE MADRE

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Todo son gritos cuando nos vemos, es inevitable. Cada vez que sé que la voy a ver pienso “me callaré, hoy no me rebotaré”. Imposible. Es más difícil eso que dejar de fumar.

Me irrita. A veces le pido un consejo, por aquello de la sabiduría de madre, y me suelta la tontería más inimaginable. Otras veces, sin que yo le haya preguntado previamente por mi aspecto, me dice que tengo pinta de sucia, que me arregle, mira que ets elegant… Me irrita.

Cuando le dije que me iba de casa hizo como si nada, aparentó pose de indiferencia y solamente pronunció las palabras “me da igual”, de fondo se escuchó un tin tin tin que iba de eco. Al día siguiente empezó a llorar, se metía conmigo y enfadada me decía que por qué me tenía que ir.

No hace más que hablar de su nieta, igual me río, igual pienso “que se calle ya”. No tiene criterio para contar las cosas, te puede contar algo interesante o divertido como te puede contar el argumento de pe a pa del peliculón de antena3.

Me da soluciones fantásticas para salir de mi precaria situación económica, ahora se le ha metido en la cabeza que tengo que montar un Área Guissona (franquicia de charcutería), “que da igual si no tienes dinero, ellos te ayudan”. Me pregunto quién debe ser el referente de ellos en su cabeza.
Hoy me ha llamado para darme otra idea: un curso de someliere, que ha escuchado en la radio que un chico, por cosas de la vida terminó de someliere y, mira, ha estado hasta en Japón.

La sabiduría de mi madre no es sabiduría de madre, es otra cosa.
Un día escuchamos por la tele como la Pantoja decía “no cambiaría nada de mi vida, ni los errores, porque he aprendido mucho de ellos”, ahí saltó mi madre y le contestó “¡entonces de que te ha servido aprender!”. Ojalá la Pantoja la hubiese escuchado…
Otra vez me vino y, después de concretar que Chavela Vargas había sido alcohólica, me contó que la Vargas decía que no se arrepentía de nada, de nada, de nada de lo que había hecho, y con el tono que ponía cuando me lo contaba parecía que me lo explicase para que tomara ejemplo. Y no lo parecía: esa es la sabiduría de mi madre, que sabe quién son los buenos y quién los malos, sabe de quién te puedes fiar. Y sabe que no sabe, que nadie sabe, lo que está bien y lo que está mal.

(Anna TV)

LA HABITACIÓN DE MAMÁ

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Mamá vive en un mundo intimista. Un mundo pequeño que es el ámbito de la familia. Mamá y las otras mamás quedan a tomar café, hablan de sus maridos, debaten de sus asuntos. Cuando se encuentran en el barrio intercambian  noticias sobre compañeros del colegio que casi he olvidado: “hace un doctorado en Bostón”, “ha tenido un niño”, “trabaja en una empresa importante”,  “está muy guapa”.

Por fin ha llegado la calma. Pasaron los ansiolíticos, las madrugadas de autobuses y las tardes de lavadoras. Pasaron los años de encerrar dentro de ella la entropía de un cuerpo en explosión, la violencia de nuestro crecimiento y el conflicto de nuestra casa.

Cuando el deterioro le sobrevino, mamá estaba acostumbrada a las batallas con su cuerpo. La guerra del peso duró décadas. Sus nuevas dolencias son diferentes, rebeldes incontrolables. Avanzan poco a poco, toman posiciones, reculan. Pero avanzan. Cómo un general armado por la química, cada día mamá organiza la resistencia. Se batió toda su vida por centímetros de cintura, ahora resiste por minutos de salud. A veces gana, otras pierde. Por eso la vida y mamá están cada mañana más unidas. La vida y su finitud.

Mamá decidió arreglar una habitación para pasar en ella su madurez, un lugar apacible donde ver seriales de televisión, tomar infusiones, fijar citas no urgentes y leer biografías de monarcas. Allí tiene un balcón lleno de flores.

Antes solíamos gritarle porque no nos gustaba nuestra ropa, hacerla culpable de nuestros problemas. Ahora nos descubrimos hablándole con cuidado, como si nuestra madre fuese un bien escaso.

Dejé a mamá en su balcón con sus macetas, cambiaba la tierra, echaba abono y preparaba con mimo los nutrientes que necesitará la anciana que algún día llegará a ser.

Dejé a mamá en su balcón transformándose poco a poco en una de sus flores.

(electroduendes)